nº26 | editorial

Aquí, ahora

Este 2017 fue especialmente hipócrita, al punto que por momentos me hizo pensar: “esto es una joda (una broma), no puede ser que la gente ‘realmente crea’ que esto es de verdad… o lo considere serio” (la náusea se hizo permanente cuando noté que era cierto. La gente lo cree). Empezó con los medios de comunicación hegemónicos demonizando al millonario y presidente de EEUU Donald Trump por sus promesas de alargar el muro (ya existente) en la frontera con México, al tiempo en que esos mismos medios naturalizan o cuentan “a modo de anécdota” el horror de lxs miles de migrantes en el mundo, que son detenidos por cercos, muros, policías, militares, detenidos por las ideas reaccionarias distribuidas por esos medios. Nos “taladraron la cabeza” con Venezuela la primera parte del año (¿qué pasará ahora en Venezuela?) para saltar luego a la “cuestión Catalana” que batió todos los récords de hipocresía y cinismo al criminalizar al pueblo catalán en nombre de la “España unida”, que tuvo como resultado, entre otras miserias, las banderas españolas (made in China) colgando de los balcones (¡¿de qué España me estás hablando?!). El colmo de la amnesia colectiva. El absurdo de la negación de un pasado reciente, de una “España” en guerra, que corre por las venas de la gente, pero que la derecha y lxs muchxs cuerpos, corazones y mentes fagocitadxs por los (aparentes) beneficios del sistema, pretenden olvidar. “Hay que mirar al futuro, el pasado no tiene nada que decirnos” (mantra muy exitoso del marketing político con el que viene arrasando la derecha neoliberal en América Latina, de la mano de empresarios millonarios como Macri en Argentina o Piñera en Chile).

El escenario es desalentador (pienso): “mejor me borro de las redes sociales, no leo nada, no veo nada, basta, qué basura”. Y justo en el transcurrir de esos pensamientos inútiles, me asalta la sensación (bien adentro, entre rabia, pasión, furia y amor) de que no puedo “hacer de cuenta que no pasa nada”. Este cuerpo, este pensamiento, este corazón late por eso. Porque mi memoria no tiene tecla “suprimir”. No me hace falta leer el diario o ver la TV para recordar, pensar ahora, ya, cómo estarán librando la lucha cotidiana las mujeres en Siria, en el “paisaje” de guerra/posguerra que les dejó “la comunidad internacional”… o cómo estarán en Irak, con tanta “asistencia internacional” que ha llegado después de la tierra arrasada por luchas imperiales de décadas (y de paso pienso… ¿cuánto habrán facturados las principales empresas de armas este año? ¿Quiénes habrán sido sus principales clientes?¿Qué dice la ONU de esto? Seguro, nada). Y sigo: ¿qué hacen las mujeres en Guatemala, en las zonas rurales, donde la malnutrición es “la tortilla de cada día” (que no está)? ¿Qué pasa con las mujeres en México, con familias y comunidades desgarradas por el narcotráfico y la migración, en un narco-Estado represor? ¿Y las mujeres en Andalucía, cuando experimentan cotidianamente el “espejismo” del pertenecer a una Unión Europea que condenó a algunos espacios (“más atrasados”) a especializarse en “servir” a lxs otrxs? (lxs que vienen de los lugares “exitosos”, donde la gente tiene más tiempo y dinero para el ocio (en las playas o sierras de la periferia).

¿Qué hacen las mujeres… qué hacemos? (pienso): Le ponemos el pecho a las balas. Siempre. No importa dónde, cómo, ni cuándo. Pero, ojo. No esperen leer sobre estas hazañas permanentes, estas heroínas de la vida, en el diario, o verlas en la tele… ahí prefieren hablar/reproducir en serie a chicas “famosas”. Las que no hacen ruido. Las que se acomodaron y fueron lobotomizadas por el “éxito”-capitalista-machista. No importa. Aquí en La Topo, en este número ¡AQUÍ, AHORA! le ponemos palabras, vida, sensaciones, emociones, cuerpo, mente y corazón a nosotras ¡Disfrútalo y compártelo!

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Ecologistas en Acción es una confederación de más de 300 grupos ecologistas distribuidos por pueblos y ciudades. Forma parte del llamado ecologismo social, que entiende que los problemas medioambientales tienen su origen en un modelo de producción y consumo cada vez más globalizado, del que derivan también otros problemas sociales, y que hay que transformar si se quiere evitar la crisis ecológica.

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