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África, una historia de resistencias

«La sal viene del norte, el oro viene del sur, la plata viene del país de los blancos, pero la palabra de Dios, las cosas sabias, las historias y los bellos cuentos, solo se encuentran en Tombuctú»

Poema árabe del siglo XIII

 

Amanece en Tombuctú (Mali) y más de 25 000 personas se dirigen como cada día a las aulas de Sankoré, la que ha sido considerada la primera universidad del mundo. Es el s. XVI y entre sus paredes ya se habla de tratados de buen gobierno, la nocividad del tabaco o el derecho al divorcio. Mientras, una concepción muy diferente sobre África se consolida. Así, intelectuales referentes de la historia europea expresaran: «Los negros son inferiores a los europeos, pero superiores a los monos» (Voltaire). «El negro puede desarrollar ciertas habilidades propias de las personas como el loro consigue hablar algunas palabras» (David Hume). ¿Por qué hay tanta diferencia entre la historia de África y el imaginario? Esta distorsión ¿es casual o provocada?

Un hilo civilizatorio

Infrahumano, infantil-salvaje, incapaz o terrorismo son conceptos que guardan relación asociados a África a lo largo de la historia. Detrás de ello se repite de forma constante un discurso, el hilo civilizatorio, que reitera la necesidad de África de ser desarrollada externamente, legitimando las acciones que se dirigen hacia ella.

Un elemento relevante es el hecho de que la historia que conocemos se ha producido habitualmente desde centros de producción occidentales. El resto de regiones aparecen en función de nuestras relaciones con ellas. Así, África surge cuando comienza nuestra relación imperialista vinculada a la esclavitud. Esta práctica violenta que atenta contra el ser humano, se justificó situando a las poblaciones africanas en categorías infrahumanas (no personas). De esta forma, la esclavitud permitió el comercio triangular entre Europa, América Latina y África, clave para la expansión imperialista que demandaba la búsqueda de nuevas rutas comerciales.

Pero la esclavitud comenzó a ser insostenible con la llegada de Revolución Francesa y el Siglo de las Luces, que impregnan el mundo de las ciencias, la política y el derecho internacional, surgiendo movimientos abolicionistas a mediados del XIX. Sin embargo, en el ámbito comercial, el impacto de las revoluciones industriales configura un nuevo panorama productivo que demandaba gran cantidad de materias primas y mercados para vender los productos. Por tanto, tendría que ser otro el discurso que permitiera la colonización del continente y su reparto en la Conferencia de Berlín de 1885. Pasamos entonces de la idea del negro como salvaje a su concepción como alguien infantil a guiar. Así el Premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer expuso «el negro es un niño y con los niños no se puede hacer nada sin autoridad». Touché, la colonización queda justificada, no como una estrategia económica, sino en virtud de una sagrada misión civilizatoria. Así Europa tenía el derecho y hasta la carga moral expresada poéticamente por Kipling de «ilustrar y disciplinar a todas aquellas poblaciones consideradas como atrasadas». Estas concepciones se transferirán incluso al Derecho Internacional que diferencia entre países civilizados, sociedades bien ordenadas y salvajes.

Más cercano en la historia, el encumbramiento de EE UU como primera potencia internacional tras las guerras mundiales que asolaron Europa, encuentra en las colonias un impedimento para el libre comercio. Por ello, el presidente Truman inició un proceso de difusión de la descolonización como «reto del mundo libre». Este proceso debía tener en cuenta la inmadurez de las colonias y por ello eran necesarios «tutores que promuevan el desarrollo y la democracia en sus independencias». Comenzará el proceso de descolonización «formal» que fue acompañado de mecanismos de colonización oculta (como los planes de ajuste estructural aplicados hoy en Europa).

Hoy día asistimos a la ocupación de territorios, control de procesos sociales e intervención militar justificada en base al auge del terrorismo. Sin embargo, poco se habla de intereses como los de EE UU en la zona con la estrategia de creación de bases militares (programa Africom) o el de Francia por el uranio en Malí. Paralelamente, el refuerzo de la idea de pobreza continúa el imaginario de dependencia externa e incapacidad que no cuestiona ni remotamente el statu quo. Esto permite imponer políticas de «buen gobierno» (según patrones occidentales) y omitir los expolios realizados a través de acuerdos que tambalean los mercados locales (como los EPAS), la especulación alimentaria, el acaparamiento masivo de tierras o la nueva esclavitud que supone la situación de las personas migrantes sin derechos.

El otro lado de la Historia

Y mientras, ¿África permaneció inmóvil? Muy al contrario han sido múltiples los procesos. De un lado encontramos la producción de conocimiento desde la Universidad de Sankoré, el panafricanismo o la creación de centros de investigación africanos como Codesria entre muchos otros. En cuanto a procesos políticos, muchas fueron las propuestas como las surgidas en Bandung, el NOEI –Nuevo orden económico internacional (promovido desde Asia, África y América Latina) o el Plan de Lagos con propuestas para África basadas en las dinámicas propias. Y por supuesto la historia de África está llena de resistencias y experiencias como el imperio Songhay, las luchas frente al colonialismo (como en Etiopía o Madagascar) o los procesos independentistas (protagonizadas por élites intelectuales y políticas, grupos estudiantiles, campesinos y de mujeres).

La no historicidad africana. Aportaciones pérdidas en el pasado, oportunidades para el futuro

El mantenimiento de este hilo civilizatorio impide una relación con África que permita conocer su complejidad (y por tanto sus luces y sombras al igual que todas las experiencias sociales). Por otra parte, no solo se ha negado a África la historia, sino la «historicidad», es decir, la posibilidad de exponer sus propuestas y formas de entender la vida, participando de la construcción tanto de sus sociedades como del resto del mundo.

Hoy desconocemos las propuestas generadas desde los colectivos que componen el Foro Social Africano o experiencias de luchas ciudadanas como Y’en a marre en Senegal, LUCHA en el Congo o Balai Citoyen en Burkina Faso. Igualmente, limitamos la posibilidad de enriquecernos de reflexiones vinculadas al decrecimiento, como Ubuntu, experiencias de organización social que ponen en valor los cuidados, la relación con la naturaleza y la espiritualidad o propuestas económicas sociales y solidarias basadas en la reciprocidad…

¿Qué más nos estaremos perdiendo hoy?

Beatriz Suárez Relinque es integrante de MAD África

Extracto de la tesis de máster ÁFRICA, UNA HISTORIA DE RESISTENCIAS.

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