Ilustra Elena Cayeiro

Sin cultura concebida. A quien rechaza el arte cien años de castigo

Castigar a la cultura en general y a las artes escénicas en particular no es nuevo, no es fruto de una pandemia, viene de antes, viene de siempre. La cultura es la base de un pueblo vivo, con capacidad de reflexión y de lucha. La novedad de esta situación de rechazo a la cultura es que ahora sale a la luz, sale en las noticias y en televisión y parece que ahora se hace real para quienes no se dedican a ello. Pero esta situación es muy antigua para lxs artistas. Al hacerse mediático el problema, la gente toma conciencia. Ahora, el ferretero del barrio, la vecina, la estanquera o el gasolinero se acercan para preguntarnos por nuestra situación. Apenadxs y preocupadxs por cómo sobreviviremos lxs artistas. Antes de la covid19 la situación de lxs artistas era también muy precaria y lxs mismxs se acercaban para darnos la palmadita en la espalda afirmando lo bien que nos iba y lo bien que nos lo habíamos montado. Para ellxs la situación ha cambiado extremadamente, para nosotras no, un palo más como muchos que ya llevamos con esta profesión.

Y es que, en una época de emergencia sanitaria, donde la covid19 se ha convertido en la protagonista de nuestras vidas y el Gobierno impone medidas para frenar los contagios, la mayoría de estas medidas afectan a la cultura pero no a otros lugares donde hay acumulación de personas. Una de esas medidas es reducir el aforo de los teatros al 50%, mientras autobuses, metros, iglesias o aviones están repletos. Tras esta contradicción surge la idea de representar espectáculos en los aviones. No es una idea que queramos llevar a cabo porque el problema no es que en los patios de butacas haya más probabilidades de enfermar que en un avión, pero es una reivindicación clara y concisa y expone la absurdez de estas medidas (ilustrada con gusto por el francés Gier).

Como respuesta a las pocas medidas tomadas por el Gobierno para garantizar la estabilidad de un sector que suma más del 3% del PIB en España, y después de excluir a parte de lxs trabajadorxs de la cultura, como por ejemplo lxs técnicxs, ha surgido el movimiento Mute o Alerta Roja. Este movimiento, a través de acciones y movilizaciones en todo el país, lucha para que se tomen medidas realistas y loables. Vivir la unión de lxs trabajadorxs de este gremio por un bien común es muy placentero y poco usual. Pocas veces en los últimos años hemos vivido un gremio artístico unido. Con gremio artístico nos referimos al conjunto de personas que hacen arte y a todo el equipo que las rodea, y no a las que están consideradas por el Estado dentro del régimen de artistas; es decir, excluimos, y con gusto, a los toreros. Nuestro gremio tiene muchas realidades, sobre todo económicamente hablando. Gente que lo gana para alimentar a todo su barrio y gente que no lo gana ni para subsistir individualmente. Por esta diferencia de condiciones laborales dentro del gremio, una lucha común suele ser complicada. Desde la llegada de la covid19 ha habido una unión entre artistas, tanto del mundo audiovisual como del escénico.

Quienes hacemos artes escénicas, que solemos tener una situación mucho más precaria que quienes hacen cine o televisión, nos preguntamos la finalidad real de esta lucha. Nosotras no queremos volver a lo de antes: 21% de IVA, alto coste de Seguridad Social del régimen de artista; cobro a los 90 días; poco volumen de trabajo, o circuitos muy cerrados donde es difícil acceder. Luchar para que vuelvan a permitir los aforos completos en los teatros no es suficiente. La lucha tiene que ser por cambiar todas estas cuestiones y considerar la cultura como un bien de primera necesidad. Nosotras tenemos claro que no queremos recuperar lo que teníamos, porque ya era infame. Queremos cambios reales desde la base.

Pero no solo son estos los problemas a los que nos enfrentamos. La parte más extraña de todo esto empieza cuando consigues actuar después del confinamiento. Ahí te enfrentas a la cruda realidad del directo. Hablamos ahora desde nuestra experiencia como compañía, La Cía Milagros, y teniendo en cuenta que hacemos teatro con el público, no solo para el público. Para lxs que hacen comedia, improvisación y rompen esa famosa cuarta pared que separa al elenco del público, la historia se complica más. Cuando vives el límite de aforo y las medias de seguridad desde escena, es otro cantar. Actuar con el público tan lejos, viéndoles solo los ojos, sin captar la expresión de la cara y sin poder interactuar en el patio de butacas; cambia todo el espectáculo. Ya no estamos actuando con nuestra propuesta, ahora actuamos respecto a la nueva normalidad. Igual que en la vida esta nueva normalidad nos afecta y nos individualiza, en teatro ocurre igual. Y lxs que tenemos un estilo de contrabando de energía con el público lo notamos muchísimo.

Ahora podemos actuar, pero no solamente poco y con muchas medidas, sino también perdiendo parte de nuestra esencia; nos limita, nos cohíbe y nos perjudica a nosotras y a este tipo de shows.

Donde ya no podemos actuar es en la calle. Las artes callejeras: el circo, teatro de calle, títeres o músicxs son los más perjudicados. Si ya era difícil hacer calle a la vieja usanza, es decir a la gorra, utilizando los espacios públicos como escenario y con una dosis de energía incomparable con la sala para captar al espectador, ahora es imposible.

Y es irónico que a finales de mayo se publique un artículo de Andrés Lima, actor y director, en el que propone que el teatro vuelva a la plaza pública. Este artículo fue muy compartido, como si se estuviera descubriendo algo nuevo, cuando el teatro no tiene que volver a las plazas porque nunca se ha ido. Y, seguramente, el teatro que haga Andrés Lima en la plaza pública irá respaldado por Ayuntamientos, contratos y altos cachés, que nada tiene que ver con hacer un corro o aprovechar un semáforo y pasar la gorra. Porque actuar en un espacio abierto no es hacer calle.

Y aunque esta es una realidad pesimista, que no se piensen que se nos acaban las pilas, porque las que hemos crecido en la dificultad nos empoderamos en ella. No conocemos otra manera de sacar el arte hacia delante que luchando y con ovarios, así que nadamos en aguas conocidas. No tenemos miedo.

Para nosotras actuar supera el mejor de los orgasmos y queremos corrernos mucho; todos los fines de semana. Sexo seguro y cultura segura. Déjennos actuar, déjennos trabajar, que somos muchas y nuestros orgasmos, nuestro clímax, nuestro éxtasis, nuestras cimas… serán expansivas.

Por

Sonia Astacio y Carolina Montoya

Creadoras de la compañía de teatro La Cía Milagros.