nº61 | farándulas

¿Quién te manda estar bonita? Que esto a mí me compromete

Notas previas.

Yo soy de la Punta del Moral, aldea fundada por familias que trabajaban la almadraba provenientes de Carboneras, en el cabo de Gata. De ahí, la mezcla de acentos.

Aprendí a ponerle nombre al clasismo territorial leyendo a Mar Gallego en Perder el norte. Feminismo y ¿andaluzofobia?, sobre la clase y los méritos; a Brigitte Vasallo en Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, y sobre escribir-progreso; a Minna Salami en El otro lado de la montaña.

La letrilla de El venadito, colombiana con letra popular mexicana, musicalizada por Pepe Marchena en 1931, me remueve las tripas: «¿Quién te manda estar bonita?, que esto a mí me compromete», que es la manera que tenían los antiguos de decir que llevaba la falda muy corta y ella se lo buscó. La he usado en mis poemas, que mezclan texto con cante.

Yo no escribo sobre mí, escribo desde mí, que es muy distinto.

Fue una decisión más o menos consciente, de autocuidado y posicionamiento político, para poder escribir de cosas que atraviesan el cuerpo, el mío por ejemplo, y proponer un caminar hacia delante.

Escribo desde mi experiencia, mi contexto, desde la escucha a mi gente querida, incluidas mis ancestras, y a las personas en general con especial interés en las señoras del mundo. Decidí que escribiría desde mí como sujeto político atravesado por violencias: la de ser socializada niña-mujer en una cultura patriarcal, la del acento (el ceceo de la costa occidental de Huelva aliñao con matices levantinos), esto es, ser andaluza; y la de clase, obrera-precarizada sin herencia que te salve, que estudió. Hay violencias que no me atraviesan y a las que, aunque soy sensible y escucho, no me atrevo a escribirles desde el mismo lugar que lo hago sobre las que sí están en el relato de mi cuerpo.

Así pues, para escribir, especialmente sobre violencia machista, necesito verme desde fuera como parte de un sujeto político que me trasciende. Esto lo hago por dos razones:

Una. Tengo pánico a la exposición, miedo al qué dirán, a la crítica y a los juicios, misoginia contra mí misma e hiperautoexigencia paralizantes, pero creo firmemente en que debemos, nosotras, ocupar los espacios. Me apoyo en mi yo político-feminista para poner el cuerpo en el escenario y coger el micrófono, a pesar de todos los noes que me ametrallan la cabeza.

Dos. Para sobrevivir a las violencias machistas —las mías— he necesitado verme no como Isabel, sino como una niña-mujer «genérica». Las cosas que me han pasado, que me han hecho algunos hombres, no me las han hecho por ser yo de tal o cual manera, sino porque me han leído como un cuerpo de niña-mujer. Porque en este sistema nuestros cuerpos son de dominio público, accesibles particularmente para ellos, y aliñado de mucho quién te manda estar bonita que esto a mí me compromete.

Escribo observando(me) desde fuera. No me apetece, ni quiero, ni puedo sostener escribirle de manera radicalmente directa a mi experiencia. No quiero volver a ella, no quiero pensarla más, ni olerla, sentirla o masticarla. Solo quiero mirarla desde arriba, desde lejos y seguir adelante.

Pero es que esto tiene que cambiar, y del mismo modo que otras antes pusieron el cuerpo para que ahora nosotras podamos hacer y ser, yo siento que nos toca seguir para que las criaturas del futuro puedan vivir mejor.

Por eso escribo de las cosas que nos pasan a nosotras, aunque a veces duela mucho.

Escribir también me sirve para entender, colocar y, de alguna manera, sanar. Esto pasa por proponer un caminar de avance. Esto tiene que ver con hacer algo «útil» con la mierda, algo que tenga que ver con la vida, con la vida que progresa y con los derechos humanos. Escribo desde la esperanza de proyectar supervivencia, de contar yo el relato y de hacer algo que aporte con él.

Le he escrito a la normalización de la cultura de la violación y al acoso callejero, a los trabajos de cuidado y los eslóganes publicitarios que nos joden el imaginario. He inventado un verbo para definir el ejercicio del hacer macho, en primera conjugación, infinitivo machar. Le he escrito a la pregunta que nunca le hice a mi abuela sobre sus suspiros y al derecho a la vulnerabilidad. A la violencia implícita que lleva el mensaje del mito del príncipe azul y a la responsabilidad de autocuidado respecto a la construcción social del amor romántico. Le he escrito a la violencia que ponemos en los cuerpos que viven al otro lado del mar y a lo que le pasó a la hermana de mi abuela, «la muerta pronto», a mi abuela «la guapa» y a mi tía, que la «sacaron de la escuela» muy joven aún porque tenía las tetas grandes. He escrito sobre no sentirse persona como consecuencia de la violencia sexual, sobre buscar ternura y dar sexo. Le he escrito a mis amigas y nuestro vínculo revolucionario y a las «histéricas» que salvamos el mundo. A la puta yuppie que me vive dentro y a lo cansado que es a veces sanarse. Le he escrito a los programadores de Silicon Valley, que son unos misóginos, y a la memoria de las mujeres explotadas durante el franquismo en una incipiente industria turística andaluza. Le he escrito a la soledad en las ciudades, que es un constructo patriarcal-capitalista, y al apoyo mutuo como manera de salvarnos. A las jornaleras marroquíes de los campos de Huelva y a mis ancestras violadas por los terratenientes, a su prole bastarda y a su supervivencia. Le he escrito a los padres que no lloraban, y a los hombres de ahora, que tampoco lloran. A los que jalean a los otros y no les dicen ni mu cuando hacen y dicen lo que nos hacen y dicen. Le he escrito al peligro de los gilipollas y a la urgencia de hacerse cargo de las mierdas propias para dejar un mundo mejor. Le he escrito a la escucha que nuestros aliados deberían practicar y a las mujeres que fueron abusadas, que tuvieron hijas que fueron abusadas porque así es como funciona la movida.

Pero, sobre todo, le he escrito a los silencios.

Para que no haya más.

Tampoco el mío, tampoco el nuestro.

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