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Que vuelvan los Ulen

Es tiempo de payasos

Si quisiera escribir un artículo —lo cierto es que no tengo ninguna intención, los periodistas ganan aun menos dinero que los dramaturgos, que ya es decir—, lo haría sobre la historia de una compañía de clown llamada Los Ulen (no confundir con la empresa Eulen de servicios de seguridad y limpieza); y la dividiría en cinco etapas, tal que os voy a contar

1. Nacimiento

Fundados como Ulen Spiegel, en referencia a Till Eulenspiegel, un bufón nacido de la tradición alemana, pues el origen de esta pandilla de payasos partió de una idea del clown germano Friedhelm Grube (Fli), maestro y director de la primera formación. Estrenaron, bajo su batuta y sus patines, lo que llamaron la Trilogía de las edades del hombre: «¿Dónde he caído?», «Somos novios» y «Mucho sueño». Los Ulen primigenios (primates y genios) fueron: Pepe Quero, Paco Tous, Maite Sandoval, Pepa Díaz Meco y su maestro Friedhelm Grube (Fli), por supuesto. Aquí todavía usaban narices, eran inocentes, amorosos, vendían mierdas en restaurantes de lujo y planchaban la ropa con ella puesta.

2. Pérdida y transición

El gran Fli falleció en un accidente de tráfico regresando de un bolo (¡Ay, la maldita carretera!). Ulen Spiegel se dio con la muerte en los morros y la llevaron de las orejas hasta el escenario con la obra Cadáveres exquisitos. Como en un rito de expiación, siguiendo una de las fórmulas de la comedia (aquella que la define como tragedia más tiempo) se rieron del más allá. Para ello contaron con el elenco más amplio de toda su historia. Junto a Paco, Maite y Pepe (el trío Ulen), compartieron velatorio Cuca Escribano, Juan Motilla, Chiqui Carabante, José Ramón Muñoz, Txintxu San Martín, Manuel Monteagudo y Pepe Casquero.

3. Consolidación

Entró a dirigir Juan Carlos Sánchez la obra Maná, maná. Los Ulen convirtieron esta crónica sobre los desheredados en su espectáculo más exitoso.

Después llegó Jeremías, una sátira futurista plagada de situaciones absurdas, ambientada en un futuro que está por llegar (año 2030). La puesta en escena corrió a cargo del payaso y músico Javier Centeno.

4. Los nuevos

Pepe Quero y Maite Sandoval decidieron pasar al otro lado de las tablas. Así que convocaron un casting (selección de intérpretes). No sabía que un anuncio leído en el tablón de la antigua Sala Imperdible me cambiaría la vida para siempre. Tras aquellas audiciones entramos tres nuevos Ulen: uno de ellos es este imbécil que escribe; la otra fue Mari Paz Sayago (la cómica con más gracia y sensibilidad a este lado del Mississippi) y el tercero en discordia resultó ser un cómico de la vieja escuela curtido en mil escenarios, un contador de chistes de los de antes, un hombre con una vis cómica y talento estratosférico: Rafael Erosa. Todo en él parecía creado para servir al humor: su voz, su acento, su gestualidad, su manera de contar, su verdad y ese gracioso vaivén al moverse por la escena. Ay, cómo echamos de menos a ese eterno infante con cuerpo de angelote y verbo diabólico.

Con Los Ulen entendí aquello de que la comedia es verdad y dolor. «No busques el chiste. Eso vendrá luego. Primero, la verdad», repetía con paciencia Pepe Quero. De hecho, si veías un ensayo de Los Ulen podrías creer que estabas viendo una obra de Tenesse Williams. Cuando la escena ya estaba entendida y montada, comenzaban los cambios de ritmo, los remates, los giros, la búsqueda del gag. Los Ulen entendían el trabajo en escena de lxs actorxs no como meros intérpretes, sino como creadorxs que, como artistas, entregan parte de lo que son. Los parlamentos y las acciones son interesantes y graciosas si la o el payaso/actor lo juega desde la verdad. Si no es así, da igual que Shakespeare vuelva de la tumba para escribiros el texto. Recuerdo que, durante el casting, me pidieron que mirara al público e hiciera una confesión. Di dos pasos, levanté la mirada y dije: «últimamente solo me la toco para mear». Esa frase llegó al estreno
de Bar de lágrimas, la obra con la que, por primera vez, me iba de gira de verdad. Muchos días, muchos bolos, muchas plazas, mucho… de todo.

Me sentía como un jugador de primera división (sí, me gusta el fútbol). Y Paco Tous (augusto mágico, único y generoso) era el mejor delantero con el que he tenido la suerte de jugar. Como si fuera un ariete de la Serie A italiana remataba todas las premisas que le lanzaba, y si abrías juego a un espacio del campo que no te pertenecía, te seguía… Con él en tu barca, la escena llegaba siempre a puerto (uy, este símil es más marítimo).

Después llegó El mundo de los simples, obra en la que los internos de un psiquiátrico pasaban a dirigir el centro, tras abandonarlo el personal médico. Tras aquella gira decidí estudiar guion y dejé (por un tiempo) la compañía y la carretera. Vivía tan tranquilo en la capital del reino, hasta que Los Ulen vinieron a presentar Cum laude (su nuevo montaje) a Madrid. La sensación de ver a mis compañeros desde el patio de butacas fue emocionante, triste y extraña. Aquel día algo en mi interior saltó y me gritó a la cara: ¡Vuelve con ellos! El destino se cristalizó con una llamada de Pepe Quero para invitarme a retomar Bar de lágrimas. «Podría hacer mañana mismo la función», le contesté. Y volví a ser un Ulen hasta su final.

5. ¿El adiós?

Escribí, junto a Pepe Quero y Maite Sandoval, UVI (Zona cero), una sátira sobre los recortes sanitarios y la corrupción política. Ese espectáculo (al que se incorporaron Chema Álvarez y Rebeca Torres) se convirtió, en poco tiempo, en un enfermo al que iban desconectándole funciones y se marchitada día a día. Los Ulen habían bandeado con habilidad la terrible crisis económica que arrancó en el 2008; pero unas cuantas malas jugadas, alguna mala gestión y un par de puñaladas traperas dejó moribundo a aquel payaso llamado Ulen. Era el año 2012.

Algunos años después, Pepe y Paco se volvieron a unir con Dos idiotas. Fue un último homenaje, un intento desesperado por resucitar a un muerto subidos a un motocarro sin un rumbo marcado. Lamentablemente, algo se había perdido por el camino. Ese montaje supuso su adiós… Aunque, ahora más que nunca, necesitamos que vuelvan Los Ulen, que salgan de su letargo, de su hibernación, que aceleren el proceso de criogenización y retornen a los escenarios. A esta realidad distópica que estamos viviendo le vendría muy bien la visión ácida del clown, la locura del bufón, el sarcasmo y la mala sangre que, con ese toque de ingenuidad siempre presente, conseguían todos los espectáculos de Los Ulen.

¡Volved pronto! Y si no es así, solo puedo deciros: ¡Gracias! ¡Gracias! Y ¡gracias!

(Tortazo, tartazo y telón final).

Por

Javier Berger

Dramaturgo y guionista de altura