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Pintadas, patrimonio y vandalismo

El higienismo tras la lógica conservacionista

Nos llegan bombardeos de noticias en las que se criminalizan las pintadas callejeras, especialmente en edificios monumentalizados y barrios históricos, mientras que se naturalizan en otras zonas de la ciudad: ¿qué es considerado patrimonio y qué no, y por qué? ¿Existe alguna diferencia entre pintar el muro de una casa particular que pintar el de una iglesia?

Desde los años 70 hasta la actualidad, las ciudades han ido constituyéndose como dispositivos estratégicos de acumulación de capital y de ejecución de poder que alimentan el sistema neoliberal. Esto genera un sistema de competencias entre las ciudades y la necesidad de una mercadotecnia urbana para generar una «marca ciudad» competitiva en el mercado global. Además, esto tiene unas consecuencias directas en el paisaje urbano y en la habitabilidad de las ciudades porque fuerza a lxs habitantes de estas a estar constantemente produciendo, cambiando incluso hábitos de vida, para así mantenerse en el mercado.

Un ejemplo de ello es el papel que ha tenido la industria turística como productora de capital, así como los impactos en la configuración de la vida en Andalucía. Como consecuencia de ello, estamos sufriendo los crecientes procesos de turistificación en los últimos años y, durante el siglo XX con el auge del denominado «turismo cultural», el turismo y el patrimonio comenzaron a hacer buenas migas.

Este turismo en concreto pone en práctica el márquetin urbano y la venta de la marca ciudad mediante el fetichismo del pasado y la cultura, que construye así una moderna ciudad-espectáculo*. Además de esta instrumentalización económica, también hay una instrumentalización política para la construcción del concepto de nación y para respaldar los relatos de «una única historia» (occidental, patriarcal, elitista…) e invisibilizar otras realidades.

Ya se empieza a ver cómo la definición de «patrimonio cultural» no es neutra, tampoco la de «conservación». Etimológicamente la palabra patrimonio, de patri, ‘padre’, y monimun, ‘calidad de’, esconde una visión patriarcal traducida en una idea belicista de la historia y de la memoria frente a otras prácticas y saberes de vital importancia como son los cuidados, que tradicionalmente han realizado las mujeres y que han sido invisibilizados. Nos preguntamos dónde están los otros relatos: dónde están las diversas prácticas y saberes. Qué historia, qué arte, qué estética y para quién.

Las pintadas, en este contexto, representan esa propuesta disidente que se quiere suprimir. Estas se reconocen fácilmente porque son mensajes escritos de carácter político y cotidiano. El espray es el medio más utilizado por su rapidez y la huella que deja. Otras técnicas serían la plantilla o esténcil que también se realiza con espray y las pintadas con rotuladores que cada vez son más frecuentes porque ¿quién no lleva un rotulador en el bolso?

Los soportes más comunes son paredes, suelos y cualquier mobiliario urbano que se presta a ser tatuado. Los soportes patrimoniales son aquellas paredes de edificios o lugares simbólicos con un fuerte contenido político como iglesias, catedrales, monumentos. En estos casos el mensaje se interpreta con una mijilla de provocación y, curiosamente, son los primeros en ser controlados y limpiados. ¿Por qué molestan especialmente las pintadas en el soporte que representa el patrimonio cultural? ¿Qué influye más: la ubicación o el mensaje?

El soporte aviva el mensaje, el mensaje al contexto y el contexto a la persona. Es de esperar, por tanto, que las pintadas puedan ser vistas como un obstáculo para generar la ansiada marca ciudad. Esto es especialmente sangrante en Andalucía, donde atravesamos procesos de precarización de la vida en pos del monocultivo del turismo y donde nuestro patrimonio históricocultural es instrumentalizado en una perversa alianza: mercado turístico y apropiacionismo para la construcción de la idea de nación española.

Estas intervenciones gráficas son consideradas vandalismo por atentar contra el patrimonio o afear la ciudad. Las instituciones de poder limpian y atacan más aquellas presentes en las zonas céntricas, comercializadas e históricoculturales, mientras que las pintadas en las zonas periféricas y marginalizadas se conciben como parte de ese hábitat en el imaginario social (se normalizan su presencia, importa menos su limpieza, suele existir menos vigilancia en esas zonas…). Las pintadas están presentes en diferentes espacios de la ciudad y el cómo se habla de ellas en función del lugar, o la limpieza que se aplica sobre ellas (y sobre otras prácticas como los grafitis), también nos habla de un modelo de ciudad neoliberal, patriarcal y jerarquizada.

Cuando la Unesco habla de garantizar la protección y conservación del patrimonio históricocultural, incluye como medidas para ello la transmisión a las generaciones futuras y su integración en la comunidad con una función en la vida colectiva. Sin embargo, en la práctica nos encontramos con que la realidad de la conversación se encuentra muy alejada de esto ¿Cómo se va a hacer esto si se mercantiliza y privatiza el patrimonio y no puede ser usado por sus habitantes? ¿Qué se conserva y para quién?

Tras este discurso conservacionista hay una lógica higienista y de control social que sirve como herramienta para el urbanismo neoliberal y la construcción de la ciudad como mercancía frente a un conservacionismo que apueste por la habitabilidad de la ciudad, que el patrimonio sea de uso social, que esté vivo y cuidado por la población. Una idea que se queda en el tintero es qué pasa con aquellas vecinas a las que no les gusta ver las pintadas en sus barrios y paredes, que las viven con molestia e incluso, en ocasiones, tienen que ser ellas mismas quienes las limpien. En estos casos observamos cómo se produce una «lucha discursiva» entre la vida cotidiana de las personas que habitan las ciudades y aquellas que critican, a través de las pintadas, esa lógica conservacionista que quiere vaciar y vender el patrimonio.

No queremos tomar posicionamiento a favor o en contra de las pintadas, sino analizar las reacciones que generan estas, sobre todo las que aparecen en nuestra «herencia cultural»,desde una mirada del derecho a la ciudad. Este acto significa una apropiación, una respuesta a ese arrebato que se ha hecho del patrimonio y del espacio público a la población. Esto implica que las pintadas tengan consecuencias contradictorias, son disidentes y por eso quieren ser higienizadas. Y no solo eso, sino que también podrían ser consideradas memoria histórica y patrimonio vivo, ya que son expresiones gráficas de lo que en ese momento histórico preocupa a parte de la población, sin olvidar que han existido históricamente en diferentes contextos y formatos.

* «La ciudad monumentalizada existe contra la ciudad socializada […] la ciudad o fragmento de ciudad se ve convertida así, de la mano de la monumentalización para fines a la vez comerciales y políticos, en un mero espectáculo temático para ser digerido de manera acrítica por un turista» (Delgado, 2007: 101).

Por

Eyla Letrán Ruiz y Ana Navarrete Avilés Antropólogas andaluzas amantes de las calles