nº55 | todo era campo

La cárcel de maricas de Huelva

«DESMEMORIA» HISTÓRICA

Desde la ventana de nuestro salón tenemos unas vistas normalitas: bloques con personas de toda la vida, comercios locales de toda la vida y un edificio en el que hace años se encerraba a gente como nosotras, un espacio que muestra la homofobia y transfobia que existe de toda la vida. Si nos asomamos cualquier día mientras tomamos un café nos encontramos con un lugar paralizado que contrasta con el ajetreo de un barrio obrero como es la Isla Chica de Huelva. Saliendo a dar un paseo es difícil descubrir que vivimos junto a un lugar de memoria histórica (la antigua prisión provincial de Huelva), pues está en ruinas. De pequeñas nos enseñaron que los lugares importantes debían mantenerse impecables, que había que conservar la historia y la memoria, pero parece que la memoria misma puede ser olvidada.

En la búsqueda de la comprensión de la homosexualidad, en un ejercicio de empatía, el fiscal de Huelva escribía en su informe de 1974, que las razones de esta eran encontradas en la falta de formación religiosa y «ausencia del sentido del pecado». Si no era por eso, lo era por falta de formación en general, que no nos dejaba distinguir entre el bien y el mal. Esta distinción también se podía adquirir en la calle o en la casa, a través de referentes. Nosotres, según el fiscal, ni eso. La falta de referentes nacionalcatólicos, ya se sabe, no puede llevar a lugares que no sean libidinosos. Por último, este hombre también encontraba en su análisis sociológico que la homosexualidad podía deberse a la falta de ocio sano. En definitiva, incultas, desheredás, amorales, sin fe, sin nadie en quien mirarnos, sin trabajos serios, aburrías, sin más que nuestro cuerpo para disfrutarlo. Pero ese disfrute era considerado a la par enfermedad y delito. ¿Por qué otra enfermedad se va a la cárcel?

Fue en el 1971 cuando la cárcel de Huelva comenzó amablemente a acoger a «invertidos» pasivos. Los activos tenían su espacio en la cárcel de Badajoz (para que no hiciesen algo inaceptable entre ellos, claro está). Con la ley de Peligrosidad Social y Rehabilitación del año 1970 los homosexuales eran considerados un peligro para la sociedad. Por ello, tenían que ser internados en centros en los que se les debía reeducar. Y claro, hacerlo a través de palizas, humillaciones, vejaciones y maltrato psicológico era la mejor opción, pues la autoridad violenta siempre ha funcionado. Hasta el año 1978 esos maricones estuvieron encerrados, hasta que los colectivos LGTBIQ+ consiguieron a través de incansables luchas eliminar de esa ridícula ley el apartado en el que se condenaba a «los que realizan actos de homosexualidad». Y, cómo no, estas leyes no solo se fijaban en con quién te acostabas y con quién no, sino que bastaba con que tuvieras la «apariencia propia de un marica». Pero es que encima te castigaban de manera más dura si eras mendigo o ejercías la prostitución. Si no tenías suficiente, te iban sumando otros estatus para alargar tu condena y, por supuesto, reeducarte en la conducta moral y católica correcta.

En el caso de las mujeres homosexuales había algunas diferencias. No solían frecuentar las prisiones, pues como bien sabemos las mujeres están creadas por el Señor para ser unas amas de casa estupendas y las mamás tanto de sus hijos como de sus esposos. Por ello, para poder reeducar a las bolleras, había que enviarlas a lugares donde se les enseñaría cuáles son las labores de una mujer y cuál es la mejor manera de desempeñarlas. Además, en el informe del fiscal de Baleares emitido en el 1975, se afirmaba que la homosexualidad femenina guardaba conexión con la frigidez y por ello había que enseñarles cómo servir a sus maridos. ¿Cómo iban a negarse a tener sexo con ellos? Pobres hombres… Pero ¿si no iban a las cárceles de maricones, a dónde? Normalmente a conventos o casas de señores donde debían servir. Así, limpiando y callando, el bollerismo se te va en un santiamén.

Por otro lado, hablar de las personas trans supone hablar de la parte más invisibilizada y castigada de toda esta historia. También eran enviadas a las cárceles, y decimos enviadas porque los hombres trans eran destinados donde las mujeres. Por desgracia, el olvido de este colectivo no se queda en el franquismo, sino que cuando en el 2013 se establece la cárcel de Huelva como lugar de memoria histórica, este queda fuera de la placa conmemorativa y es en el 2018 gracias a la Asociación de Transexuales de Andalucía-Sylvia Rivera que se le hizo mención.

Pero en uno de estos paseos que damos por el barrio nos preguntamos: «¿dónde está la placa hoy?». Se la ha llevado el viento y eso que era de metal. Puede ser que haya sido arrancada por algún ser vandálico, pero es más importante saber por qué las autoridades no la han colgado de nuevo. Claro, para qué, si el edificio está que se cae, qué sentido tiene que se exponga una plaquita, ni que el espacio fuese considerado parte de la memoria histórica de España.

Cuando hablamos de memoria podemos pensar en la individual y en la colectiva. La memoria humana individual se crea sola, no escogemos nuestros recuerdos, se van registrando al margen de nuestra voluntad. No obstante, la pública, la común, se construye, al igual que los edificios. Además, hay que intentar mantenerla viva y para ello debemos cuidarla. Hacen falta financiación, recursos, voluntad, pero parece que hoy en día todavía se tiene miedo de que la «plaga» se extienda, de que la ciudadanía se contagie de «homosexualismo». Hemos estado encerrades en cárceles por ser como somos y parte de nuestra memoria se ha construido desde ahí. El dolor y el sufrimiento han sido nuestros referentes, pero queremos que al menos esos espacios de humillación, de muerte, de ruina personal y social sean dignificados. No volváis a hacerlo, no matéis los pocos espacios de memoria colectiva que nos pertenecen. Ya hay demasiada gente muerta, incluso en vida.

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