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El 25 de marzo de 1936

Extremadura

Existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes que nosotros, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos. Walter Benjamin

Los hechos ocurridos el 25 de marzo de 1936 marcan una de las páginas más gloriosas de las luchas por la emancipación. En aquella jornada, más de 70 000 personas, organizadas en su mayoría en la FNTT-UGT (Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, parte de la Unión General de Trabajadores), protagonizan la mayor ocupación de tierras simultáneas de la historia, al emprender la toma pacífica de más de 3 000 fincas en 280 pueblos de la región.

De alguna manera, y aunque cabría remontarse más atrás en el tiempo, las raíces más inmediatas de este día se encuentran ya en las décadas centrales y finales del siglo XIX. Lo podemos ver en las ocupaciones de tierra que se suceden durante todo el sexenio democrático, muy ligadas a la resistencia contra la desamortización del comunal y a una memoria popular que identifica a esas tierras como propias; en los motines de subsistencia y por los precios del pan y en los incendios; en el rebusque colectivo, y un sinfín de formas de resistencia cotidianas frente al poder de los propietarios.

Esta movilización popular, revestida frecuentemente con ropajes tradicionales, pronto entroncará con el movimiento obrero y las ideas socialistas modernas que se extienden por el continente europeo. Hay referencias que apuntan a la presencia de secciones de la I Internacional en suelo extremeño. En 1899 se funda en Badajoz la Germinal Obrera y dos años después se organiza en la Torre de Miguel Sesmero un Congreso Obrero en el que participan sociedades de varios pueblos de Badajoz. Son los primeros pasos de un movimiento sindical que va dando batallas por las cuestiones más elementales de salarios, jornadas y contrataciones, pero que cuenta también con un horizonte de transformación profunda, revolucionaria, que tiene su eje central en la lucha contra el latifundismo y el norte en la Reforma Agraria.

La proclamación de la II República fue un motivo de esperanza para las clases populares, a la par que abrió una situación que incentivaba el desarrollo de sus luchas. Por primera vez, el Estado parecía proyectar un auténtico proyecto de reforma agraria con una orientación redistributiva que implicaba tocar la propiedad en la que se asentaba el latifundismo.

Pero el contenido y aplicación de la Ley de Reforma Agraria, aprobada finalmente en septiembre de 1932, no encajaba con las aspiraciones más sentidas de los jornaleros y yunteros. La Reforma tenía un planteamiento moderado, que no apuntaba a la liquidación radical de la gran propiedad privada en el campo, y sobre todo un espíritu legalista que incidió en el ritmo extraordinariamente lento que tomaron las expropiaciones de fincas.

A ello se sumaba la fiera resistencia planteada por las clases propietarias, que contaba a su vez con amplias complicidades en los propios aparatos del Estado y que se expresaba tanto en el torpedeo jurídico de la reforma
patrocinado por la Asociación de Propietarios de Fincas Rústicas, como en el intento de doblegar a los trabajadores con el chantaje económico o el empleo de la represión a través de la Guardia Civil. Entre toda esta reacción terrateniente, destacará el recurso sistemático a los desahucios de yunteros —pequeños aparceros que disponían de su propia yunta— respecto a las parcelas que venían trabajando durante varias generaciones, lo que contribuirá a radicalizar la conflictividad en el campo y a hacer que este grupo social, muy abundante en Extremadura, se convirtiera en la auténtica vanguardia del movimiento por la Reforma Agraria.

Pueblo a pueblo se pelea por las cuestiones más inmediatas y por el impulso de la Reforma Agraria desde abajo. Se ocupan tierras abandonadas, se reclama la devolución de fincas a sus pueblos y los yunteros resisten a los desahucios. Al mismo tiempo, la capacidad de organización de los trabajadores del campo no deja de crecer; hacia el año 1933 Sánchez Marroyo arroja la cifra de más de 80 000 obreros extremeños afiliados a algunas de los cientos de sociedades locales que en su mayoría quedaron integradas dentro de la FNTT-UGT. El conflicto directo con las élites se ve acompañado de una intensa labor cultural y política, de la creación de Casas del Pueblo, la celebración de mítines y asambleas, o de la gestión de cooperativas que apuntan ya, incluso, a un horizonte más ambicioso: el de la gestión colectiva de la tierra. Los auténticos protagonistas de la Reforma Agraria serán los propios trabajadores y trabajadoras que solo a través de duras luchas con su correspondiente cuota de sangre, obtienen logros como el llamado Decreto de Yunteros de octubre de 1932, por el que se permitirá el asentamiento provisional en tierras no cultivadas mientras se gestionaba su posible expropiación.

En las elecciones de febrero de 1936 se plantean dos caminos: o proseguir la marcha hacia la implantación de una dictadura contrarrevolucionaria o retomar de forma más consecuente un proyecto de transformación al servicio de las mayorías.

La victoria del Frente Popular provoca que entre los meses de febrero a julio del 36 se inicie una auténtica revolución popular pues, ¿de qué otro modo podemos definir al cambio de propiedad de más de medio millón de hectáreas y al asentamiento de decenas de miles de personas? Los protagonistas de esta revolución son los propios trabajadores y trabajadoras y sus movilizaciones, y el 25 de marzo constituye un hito en su lucha, el momento de máximo apogeo de la batalla por la Reforma Agraria desde abajo.

Tenemos una deuda con las generaciones que protagonizaron la lucha por la Reforma Agraria y sufrieron la persecución del fascismo. Y esta deuda no solo incumbe a la restitución de su memoria y al reconocimiento de su sufrimiento, sino a reconocernos como parte de su misma lucha y continuar su hilo rojo hasta la consecución de la emancipación.

El hecho de que cientos de miles de extremeños se viera forzados a emigrar en los años 60, de que todavía hoy seamos una región marcada por desigualdades extremas, de que el paro sea el futuro que le espera a buena parte de nuestra juventud o de que nos vendan como salida a nuestros problemas la conversión de Extremadura en una región minera controlada desde multinacionales extranjeras, es el fruto del ahogamiento en sangre de lo que representó el 25 de marzo.

Por

Carlos Sagüillo

Profesor de Historia y miembro de la asociación 25 de Marzo