Hablamos mucho de salud mental, pero muy poco del poder que decide con qué palabras debemos nombrar el sufrimiento o quién tiene autoridad para juzgar nuestra forma de relacionarnos. Hemos aprendido a buscar el origen del malestar psíquico en nuestra historia individual, en cómo gestionamos las emociones o, cada vez más, en una posible desregulación bioquímica. Y así, casi sin darnos cuenta, vamos traduciendo una parte muy amplia de la experiencia humana al lenguaje de las disciplinas psi —la psiquiatría o la psicología— , y aceptando sus diagnósticos y tratamientos. Es ya parte del sentido común de nuestra época.
Aceptar esa «cultura psi» en el habla cotidiana no es baladí. Cuando dejamos de entender la tristeza, la rabia, el agotamiento o el miedo como respuestas legítimas a nuestras condiciones de vida y pasamos a nombrarlas como síntomas, modificamos también a quién otorgamos credibilidad para nombrar lo que nos está pasando. Lo que podríamos pensar como reacción a parte del conflicto social —la explotación, la precariedad o la violencia estructural— nos reaparece traducido como desorden emocional/bioquímico individual y, a menudo, como trastorno susceptible de tratamiento. Incluso cuando podemos reconocer fácilmente las causas externas, la intervención profesional rara vez se orienta a cuestionarlas, suele pedir al individuo que aprenda a soportarlas con el menor desborde posible.
Así, nuestro sufrimiento es capturado por ese vocabulario «experto» y se nos devuelve a cada una como problema particular. A medida que esa mirada va ganando terreno, retroceden otras perspectivas, como la política, la histórica o la filosófica, que nos ayudarían a leer el malestar unido al conflicto social de nuestra época y revelarían la necesidad de tejer comunidad para afrontarlo. Lo que nos duele sigue ahí, pero cambia el modo de nombrarlo y, de esta manera, el modo de intervenir sobre ello.
Esta apropiación se inscribe en un marco más amplio, en el que también la definición de locura ha servido a las sociedades para separar lo que se consideraba aceptable de lo intolerable. Sabemos que aquello que cada época llama «locura» no es un constructo fijo, sino una figura histórica y cambiante con la que cada comunidad establece sus propios límites. De este modo, durante siglos, junto a la figura del loco, las vidas que cuestionaban el orden social fueron empujadas a los márgenes: vagabundas, improductivas, insumisas, cuerpos disidentes… Nunca se trató de aliviar su sufrimiento, se buscaba disciplinarlas.
El manicomio aparecía así como lugar de encierro y corrección. En nombre de la razón, se apartó del cuerpo social a quienes incomodaban, recordando a sus coetáneos qué destino aguardaba a quienes osaban vivir fuera de la norma. Franco Basaglia, psiquiatra italiano y figura central de la reforma psiquiátrica, defendía que cerrar el manicomio era un paso imprescindible, pero insignificante. Su abolición no garantizaría el fin del control social, puesto que, con la expansión de la medicalización y gracias a la contención química, esa función continuaría fuera de sus muros, de forma más extendida, más discreta y, seguramente por eso, más eficaz.
Hoy el encierro, aunque persiste, ya no ocupa siempre el centro, pero la lógica de corrección opera por otras vías: diagnósticos, informes a los que se da más valor que a nuestra propia palabra, medicaciones que vuelven tolerables vidas insoportables, terapias orientadas a la adaptación, etc. La eficacia no consiste tanto en encerrarnos a todas como en lograr que cada una acabe por vigilarse y corregirse a sí misma.
Ese es uno de los logros más importantes de las disciplinas psi. Primero, conceptualizaron la «locura» como enfermedad, y desplazaron otras visiones para comprenderla. Después lo fueron haciendo con otros malestares: la ansiedad, la depresión, las adicciones, las compulsiones, la infancia inquieta, el cansancio extremo, la incapacidad para sostener trabajos basura, etc. Vemos así que lo normal y lo patológico no pueden entenderse como categorías objetivas: su delimitación depende de relaciones de poder, valores morales e intereses sociales que, además, deciden sobre qué cuerpos recae esa distinción.
Lo que en teoría se nos presenta como ayuda cumple, en muchos casos, otra función en la práctica: transformar el daño que produce una sociedad desigual en un problema íntimo que cada cual debemos gestionar sin paralizar demasiado el circuito de producción capitalista. Se acepta que hablemos de ansiedad, pero no de explotación. Se tolera la depresión, pero no la lucha por impugnar las condiciones que la producen. Nos animan al autocuidado mientras se destruye la única estructura social que puede salvarnos: los vínculos, el tiempo disponible, las seguridades materiales o las formas de vida compartida. El resultado es una cultura que sí nos reconoce el sufrimiento, pero a condición de individualizarlo. Bajo la apariencia del cuidado, imponen la lógica de la restitución: que la vida vuelva a monetarizarse cuanto antes.
Y después está el miedo, no solo a sufrir, también a ser marcadas. El estigma no actúa únicamente después del diagnóstico; actúa también antes, disciplinando nuestras conductas. Nos enseña a contenernos, a no parecer demasiado raras, rotas o conflictivas. Nos enseña que hay emociones expresables y otras que no tanto, formas de dolor tolerables y otras que despiertan alarma en quien nos contempla. El miedo a ser leída como loca sigue siendo una forma altamente eficaz de gobierno.
Defender la autonomía también debería implicar defender el derecho a que no todo el dolor que experimentamos sea convertido en problema individual y que nuestras rarezas, nuestra rabia o nuestro derrumbe no sean leídos como trastorno. No es cuestión de negar ni romantizar el sufrimiento, pero sí de devolverle profundidad a la experiencia humana, que es amplia y diversa. Y si el mundo que habitamos nos enferma, ninguna salida bastará mientras siga pensándose en singular.

