Cuando tu jefe es el hombre más rico del planeta

Hace un año trabajé en Amazon para la campaña de navidad. Eché el currículum porque dos amigos ya curraban allí y me dijeron que en esa época es una locura y cogen a todo el mundo. Yo —que hasta entonces solo había trabajado en el mundo sociosanitario— trabajando en un almacén. Igualito a un pez cuando lo sacan del agua.

No voy a negar que fue interesante conocer cómo funciona el engranaje tan medido y eficiente de un sistema de trabajo como el de Amazon. En la mañana los turnos comienzan a las 7:00 y 7:30am; esto es así para que no se colapse el aparcamiento y poder aprovechar al máximo los espacios y el tiempo, así como para que no coincidan ambos turnos de descanso, que son breves y escasos. Apenas has podido despertar y la sensación es la de que pasas de un espacio a otro cual robot, en una secuencia tipo cochera: taquillas, escáner, torno, escaleras, paneles de ubicación, línea de producción.

Por la mañana hay una pequeña charla por parte de algún encargado contando algún rollo motivante, que a esas horas de poco sirve. Después vas al panel a ver en qué número de línea y puesto te han ubicado para pasar el resto de tu día. En cada descanso, con los minutos contados, tienes que fichar y pasar por tornos —también por los agentes de seguridad con el detector de metales, para asegurarse que los trabajadores no roban—. El ambiente es bastante hostil y carcelario.

Yo trabajaba en la sección de devoluciones del cliente, donde en varias cintas transportadoras van llegando montones de paquetes de clientes insatisfechos; y, mediante un sistema informático, respondes preguntas, reetiquetas, escaneas y mandas a su nuevo destino. Este destino en muchos casos es el de destruir. Podría seguir hablando sobre la complejidad de este macabro engranaje, pero lo que más recuerdo son las sensaciones que me invadían: cómo, a pesar de procesar productos en perfecto estado, el programa informático los deriva a destruir. Y no hay nada que puedas hacer.

Trampeas al sistema y te pillan por otro lado, viene una persona encargada a decirte que X producto no es reenvasable; que a ese muñeco le falta un pelo; que esa manta ya no se puede doblar para que entre en su funda original; que ese abrigo tiene un botón descosido; o que este libro tiene una marca minúscula en el interior de la tapa y que por eso ya no se puede vender. Se manda a destruir. No se puede vender, ni donar, ni regalar, nada. Se destruye. Y así, cientos y miles de productos de todo tipo. Y entonces, un dolor se anudaba en mi pecho.

Recuerdo que la primera semana fue dura, porque la lógica me decía que algo no andaba bien. El planeta me gritaba al oído, gritos de auxilio, una voz que parece que solo yo oía. Y mientras, este sistema feroz masticaba y escupía plástico por toneladas. Por otro lado, veía cuántas cosas devuelve la gente, no por que estuvieran realmente en mal estado, sino por la infelicidad que nos acompaña. No compramos productos, compramos felicidad. Y se nos olvida que la felicidad es una actitud, un posicionamiento vital. El sistema gira tan deprisa que se nos olvida que con el muñeco se juega, que la manta abriga al sin techo, que los botones se cosen, y que lo que importa del libro es el contenido.

Pero como todo en esta vida, con la costumbre y si es lo que hace la mayoría, el dolor se mitiga. Al final te adaptas al sistema, buscando el fallo y enviando a destruir sin pena ni gloria cualquier cosa que pasa por tus manos, siendo partícipe de la infelicidad de las personas en esta rueda imparable de consumo, que no se sostiene, pero es como un alud que empieza siendo una pequeña brizna de nieve.

Detrás de cada paquete que llega a nuestras manos, hay un ejército de personas fabricando, distribuyendo, procesando, empaquetando y transportando los productos hasta la puerta de tu casa. Consumiendo recursos naturales de forma abusiva.

Detrás de cada paquete que llega a tus manos, está el esfuerzo de tu trabajo. No es solo el dinero que gastas, sino el tiempo que invertiste en ganarlo. Como los recursos, la vida es limitada. Nuestro tiempo es limitado. La comodidad de un clic tiene un precio elevado.

Por

Raquel González

Integradora social