En un tiempo como el nuestro, saturado de derrotas, nostalgias y cinismo político, rescatar la potencia de las utopías es un ejercicio intelectual necesario. Utopías anticoloniales. Memorias del antiimperialismo en el Estado español, de Javier García Fernández, se inscribe precisamente en ese gesto: recuperar las genealogías olvidadas de un internacionalismo insurgente que consideró de manera transversal clase, nación y territorio.
Tras la Segunda Guerra Mundial, en buena parte de Europa occidental se impuso una paz contrarrevolucionaria: la prioridad de la estabilidad institucional y la reconstrucción económica relegó —cuando no neutralizó— las aspiraciones de transformación radical que habían animado a amplios sectores de las resistencias antifascistas.
En este contexto, ya en las décadas de 1960 y 1970, distintos movimientos de liberación nacional comenzaron a articular una conciencia anticolonial en diálogo directo con las luchas del llamado Tercer Mundo. No se trataba simplemente de solidaridades discursivas: existieron redes materiales, exilios compartidos, intercambios políticos y circulación de ideas entre Argel, La Habana, París o Trípoli.
En ese marco cobra especial relevancia la llamada Carta de Brest (1974), un documento firmado por organizaciones de distintas naciones sin Estado del ámbito europeo que explicitaba una lectura común: la existencia de pueblos sometidos a formas de colonialismo interno dentro de Europa. La carta defendía el derecho de autodeterminación, apostaba por la coordinación entre movimientos de liberación y situaba sus luchas en continuidad con los procesos anticoloniales del Tercer Mundo. Más que un texto programático cerrado, funcionó como un punto de encuentro político que evidenciaba hasta qué punto estas luchas se pensaban en clave internacionalista.
En ese recorrido, el texto incluye descripciones concretas de experiencias en Euskal Herria, Andalucía, Cataluña, Galicia y Canarias, mostrando cómo en cada uno de estos territorios se articularon formas específicas de pensamiento y práctica anticolonial.
Para el caso andaluz, la obra recupera además figuras claves como Isidoro Moreno, Antonina Rodrigo o Antonio Gramsci, que aparecen como referencias imprescindibles —aunque procedentes de trayectorias distintas— para pensar Andalucía desde coordenadas críticas. Isidoro Moreno, antropólogo fundamental, ha dedicado buena parte de su trabajo a desmontar los tópicos folklorizantes sobre la identidad andaluza, reivindicando su historicidad y su potencial político. Antonina Rodrigo, escritora anarquista, feminista e investigadora granadina, ha contribuido a rescatar memorias silenciadas —especialmente de mujeres y del exilio—, ampliando los márgenes de lo que entendemos por historia.
La noción de «colonialismo interno» se convierte aquí en una herramienta clave para comprender la subordinación política, económica y cultural de ciertos territorios dentro de Europa. Frente a la narrativa hegemónica que sitúa la descolonización exclusivamente en África o Asia, el libro abre una grieta incómoda: Europa también fue —y es— espacio de relaciones coloniales.
Pero hay otra reflexión que se va hilando a lo largo del ensayo: la que afecta a la propia forma de escribir la historia. Utopías anticoloniales no solo recupera episodios olvidados, sino que tensiona los marcos historiográficos desde los que esos episodios han sido tradicionalmente pensados —o directamente borrados—. En un momento en que la historiografía está siendo revisada desde perspectivas críticas y decoloniales, el libro se sitúa en esa grieta: cuestiona qué se considera digno de ser narrado, quién narra y desde qué lugar.
La periodización misma —esa división aparentemente neutra del tiempo en etapas ordenadas— aparece entonces como un dispositivo político. La forma en que se organiza el relato histórico, heredera del pensamiento ilustrado europeo, ha contribuido a naturalizar ciertas jerarquías: centro/periferia, modernidad/atraso, metrópoli/colonia. Bajo ese esquema, las experiencias que no encajan en la narrativa lineal del progreso quedan relegadas a notas al pie, cuando no directamente expulsadas del archivo.
En este punto, el libro introduce una cuestión especialmente sugerente: los primeros impulsos nacionalistas fueron en clave antiimperialista y anticolonial. Lejos de las formas de nacionalismo que hoy conocemos —a menudo eurocéntricas e integradas en el tablero geopolítico occidental—, aquellos proyectos iniciales se pensaban como parte de un horizonte de ruptura global. No aspiraban simplemente a constituir nuevos Estados dentro del orden existente, sino a desbordarlo mediante alianzas con otros pueblos en lucha.
Ese contraste ilumina una deriva incómoda. Con el paso del tiempo, buena parte de esos nacionalismos fueron desactivando su potencial anticolonial para reconfigurarse como actores compatibles con el orden internacional dominante. En ese tránsito, algunos acabaron alineándose —explícita o implícitamente— con las lógicas geopolíticas impulsadas por Estados Unidos, adoptando marcos eurocéntricos y abandonando las redes de solidaridad que los habían nutrido. Lo que en su origen era una apuesta por la descolonización se fue transformando en políticas que no son verdaderamente emancipatorias y rupturistas con la opresión.
Concluyendo, el libro funciona como un recordatorio incómodo: hubo un tiempo en que la imaginación política desbordaba los márgenes de lo posible. Hoy, cuando el realismo capitalista nos encierra en un presente sin alternativas, volver a esas utopías —y a las formas de narrarlas— puede ser un primer paso para reabrir el campo de lo pensable.
Toda utopía, para ser realmente subversiva, debe aspirar no solo a cambiar el mundo, sino también a descolonizar la manera misma en que lo contamos.

