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Repensando la economía: las tontines de las mujeres africanas

Hay tantas prácticas y lógicas que se escapan a las explicaciones de la economía de mercado que se podría decir que en ellas cabe el mundo entero. Cuando las protagonistas de estas prácticas son pobres, procedentes de países periféricos como los africanos y además son, en su mayoría, mujeres que se organizan al margen de los mercados y del Estado, estas prácticas se suelen catalogar como «residuales», «economía informal», «economía sumergida» o «economía de superviviencia». Pero la realidad es que son las respuestas que mejor se adaptan a las necesidades y circunstancias de sus sociedades, que es en realidad el origen de la economía. Sin embargo, la historia del capitalismo es la historia de una economía que va dejando de ser social y, en palabras del antropólogo David Graeber, «de la transformación gradual de las redes morales por la penetración del impersonal y a menudo vengativo poder del Estado». En la óptica capitalista, la economía ya no es producir valor ni satisfacer necesidades, sino que lo económico viene definido exclusivamente por los movimientos de dinero. Pero la economía no es reductible a lo monetario ni los mercados y las tontines nos sirven aquí para reflexionar acerca de lo que comúnmente llamamos «economía» o «lo económico».

Se trata de una práctica bastante común en el continente africano, que consiste en la formación de grupos informales, cuyos miembros hacen una aportación periódica de un montante pecuniario determinado para un fondo común, que se entrega de manera rotatoria a uno o una de los asociados. De esta forma, en cada ronda se desbloquea ahorro o crédito a favor de un/a beneficiario/a diferente. Generalmente, la rotación se hace por sorteo, pero, a diferencia de un préstamo bancario, los criterios de concesión de préstamo pueden variar en todo momento, previo acuerdo del grupo, si por ejemplo, a uno de los miembros le surge una necesidad económica imprevista. Son grupos que se unen para encontrar una forma de acceso fácil y rápido a un préstamo que no obtendrían en la banca comercial, de la que generalmente están excluidas. La denominación tontine deriva del nombre del napolitano Lorenzo Tonti, que inventó en el siglo XVII un sistema de renta vitalicia, y se aplica ahora para designar prácticas de ahorro rotativo —en inglés también recibe el nombre de Rosca (Rotating Saving and Credit Associations)— observadas en muchos países de África, Asia y América Latina, donde reciben multitud de nombres en los idiomas locales, así como también en las diversas poblaciones originarias de estas zonas que han emigrado a Europa o Estados Unidos. Este el caso, por ejemplo, de la comunidad senegalesa en Sevilla, donde las tontines están integradas exclusivamente por mujeres.

El factor estrictamente económico de obtención de crédito y ahorro no parece ser el único motivo para la existencia de las tontines y para su participación en ellas. De hecho, la noción económica de interés no está presente: los participantes reciben un crédito sin interés al tiempo que prestan un dinero sin ningún beneficio económico extra, ni tampoco se destina ninguna cantidad para pagar los servicios prestados por las personas organizadoras. Entonces, ¿por qué los participantes no prefieren guardar el dinero por su cuenta y prefieren hacerlo circular? Existen otros aspectos no económicos o monetarios que entran en el juego del intercambio y de la interacción social.

Repensando la economía

Desde las periferias, las tontines ponen en tela de juicio el paradigma de la economía formalista dominante, que considera por separado economía y sociedad y concede protagonismo absoluto al cálculo, a lo conmensurable y cuantificable. Así nos invitan a repescar el concepto clásico de embeddedness o incrustamiento que acuñó Karl Polanyi y que hace referencia a la imbricación existente entre economía y relaciones sociales y, más concretamente, al modo en que la economía se encuentra subordinada a las relaciones sociales, y no a la inversa. Frente a la ficción y la utopía de una economía de mercado como «un sistema económico controlado, regulado y dirigido solo por los precios del mercado», en que la esfera económica funcionaría de manera separada de la sociedad, cabe reivindicar la realidad palpable de una socioeconomía unitaria e institucionalizada. En el caso de las tontines, aunque no cuenten con reconocimiento jurídico oficial, tiene unas normas bien establecidas y perfectamente conocidas por los que la practican y son una realidad muy arraigada en los países africanos, en algunos de los cuales mueven por encima del 40% del PIB, cantidad que deja de pasar por los bancos y que está fuera del control de las entidades financieras.

En el contexto de una economía más holística y humana, convendría recordar el papel del don, definido por el antropólogo Marcel Mauss, como una forma de intercambio que no está guiado por el interés de obtener un objeto concreto, sino de organizar o afianzar una alianza que dará lugar a un tipo específico de sociedad. El don no es estrictamente desinteresado, pero su interés económico tampoco es el de la usura o acumulación, sino el de generar una deuda que pueda beneficiar al grupo. Se trata, en realidad, de un «regalo forzado», en el que el objeto de intercambio no son solo bienes útiles, sino también cortesías, colaboración, ritos, danzas, fiestas, etc., y el mercado y la circulación de riquezas no es más que uno de los términos de un contrato mucho más amplio, que incluye el fortalecimiento de la comunidad e implica el contacto directo y el creación de un vínculo con otros seres humanos, con quienes establecemos una deuda de reciprocidad.

Las tontines cumplen todas estas condiciones y sus participantes están relacionadas entre sí en múltiples aspectos, formando una auténtica red de intercambios de ayuda mutua y de soporte socioeconómico. Van desde la circulación de dinero —en una relación de dependencia mutua al fluctuar constantemente los roles de las participantes de deudor a acreedor— al apoyo en tareas de orden práctico (búsqueda de vivienda o trabajo, tareas de mantenimiento, organización de ceremonias y fiestas, etc.). Todo esto sin olvidar el apoyo emocional y el valor identitario para migrantes que viven un país extranjero. Pero la aparición de las tontines de mujeres africanas en la diáspora, como es el caso de las migrantes senegalesas en Sevilla, inicialmente responde sobre todo a una necesidad de sociabilidad, ya que la tontine generalmente implica una reunión periódica festiva para reforzar los lazos de confianza, amistad y cariño, aunque también existen tontines que solo consisten en el pago de una cuota mensual.

La confianza mutua y la apuesta sobre el honor de los demás miembros constituyen la base de la confianza y el motor de la eficiencia de las tontines. Los fallos en el pago de la cuota suelen ser excepcionales, porque supondrían no solo una sanción económica, al negársele futuras participaciones en tontines, sino, sobre todo, una dura sanción social, ya que se «perdería la cara», corriendo el riesgo de ser excluidos del grupo y encontrarse sin posibilidad de recibir apoyo cuando se necesite. El ahorro atiende al objetivo de las participantes para comprometerse consigo mismas, tanto más complejo en el contexto de la incesante redistribución de bienes en las sociedades africanas, mientras que el crédito se desprende del compromiso adquirido con las demás. Así, repartiendo crédito económico y, llegado el caso, descrédito social, la tontine permite transformar el capital social de las mujeres del grupo en capital económico.

Prácticas solidarias, mujeres y cuidados

Varixs investigadorxs apuntan a que la práctica actual de las tontines deriva de la monetarización de costumbres tradicionales colectivistas y de la existencia previa, en las sociedades africanas tradicionales, de agrupaciones entre vecinxs o entre personas del mismo grupo de edad para apoyarse mutuamente y por turno en distintas labores  (laboreo de la tierra, recolección, reparación de tejados, etc.). Prácticas de solidaridad análogas también han existido, por ejemplo, en América Latina, donde la tradición precolombina de los trabajos comunitarios de utilidad social, la minga, está aún vigente en varios países (también se conoce como tequio, en México, el trabajo colectivo que todx vecinx de un pueblo debe a su comunidad) o en Europa con el trabajo colectivo de los bienes comunales. Con las tontines dinerarias, el objeto trabajo tradicionalmente puesto en común, se habría convertido en moneda. Esto se corresponde con la monetarización progresiva de las relaciones de don y contra-don, rituales obligatorios en el seno de las familias y del vecindario, intercambiados en particular en el curso de ceremonias familiares como bodas y bautizos. En las sociedades de África Occidental, en un contexto de marcada separación entre las esferas de actividad femeninas y masculinas, esos intercambios han sido tradicionalmente prerrogativas de las mujeres; las tontines han sido, en primera instancia, el medio para juntar montantes considerables de dinero necesarios para las obligaciones ceremoniales. Esto explica también por qué las tontines han sido tradicionalmente «asuntos de mujeres». Pero más allá de los gastos ceremoniales, las  tontines, a partir de los años ochenta, han permitido a las mujeres africanas hacer frente a la crisis económica y a las consecuencias de las políticas de ajustes estructurales impuestas por el FMI a los países africanos. Un indicador de esto es el aumento sustancial desde esa década, en la tasa de participación a las tontines en países de África Occidental. La crisis, que afectó al sector masculino del empleo, impuso cada vez más responsabilidad financiera a las mujeres, y el fracaso general de esas políticas de reajuste fue acompañado por el fracaso de los sistemas de seguridad social y del sistema bancario. Una vez más, las mujeres han ido compensando desde el mundo de los cuidados los fallos del sistema económico capitalista. De hecho, en muchos casos las tontines de mujeres africanas representan una especie de Estado del bienestar en la sombra, siendo a la vez seguro de vida, médico y sistema de pensiones. Sin embargo, resulta llamativo que sean precisamente los discursos afines a las instancias financieras internacionales los más críticos hacia las tontines, tachándolas de poco fiables, al estar basadas simplemente en la confianza, poniéndolas bajo sospecha —equiparándolas a esquemas piramidales— y culpándolas de la escasa penetración del sistema bancario. En efecto, además de las dificultades de acceso a los recursos financieros de la gran mayoría de la población africana y migrante, lo que motiva la participación en las tontines es la clara falta de confianza por parte de la población africana en el sistema bancario.

Siendo tradicionalmente un «asunto de mujer» en muchas sociedades, las tontines también han jugando un papel importante a favor de una mayor autonomía y empoderamiento de las mujeres, además de contribuir al sustento y al cuidado de sus comunidades, tanto directamente, financiando por ejemplo los estudios de lxs hijxs, como a través de las remesas, que para muchos países africanos representan más que la totalidad de la ayuda pública al desarrollo y a las que las mujeres migrantes en algunos países, como Francia, contribuyen de forma sustancial. Las tontines permiten también financiar pequeños o grandes proyectos empresariales de las mujeres. Además, según las circunstancias, pueden desempeñar múltiples funciones, como por ejemplo, la constitución de un capital de independencia para hacer frente a la poligamia y sus consecuencias económicas para el sustento de las mujeres y sus hijos.

Tontines y soberanía financiera

Este tipo de prácticas económicas alternativas que nos llegan de la mano de las mujeres del Sur son un testimonio de la capacidad de los individuos para resistir los embates de un sistema económico y social que les es claramente desfavorable y para forjar nuevos modelos económicos y sociales. Nos recuerda la capacidad inagotable de las sociedades para crearse y reinventarse, al tiempo que nos conmina a que recuperemos la confianza en nosotrxs mismxs como gestorxs directxs de nuestro capital social. Existe gran potencial para que esta práctica de soberanía financiera se extienda más allá de los colectivos de migrantes, a la población autóctona, como es el caso de las Caf (Comunidades Autofinanciadas) en Cataluña o como puede ser el caso de iniciativas de este tipo que se vayan fraguando en Sevilla, alrededor de asociaciones de barrios en lucha, monedas sociales o colectivas de mujeres. Este ha sido el motivo de un primer encuentro sobre las tontines que ha tenido lugar el 31 de marzo en el Monasterio de San Jerónimo de Sevilla, en el que las mujeres senegalesas de una tontine de Sevilla han compartido sus experiencias y vivencias.

Consuelo Giansante Ghidoni, es bióloga y aprendiz de ciencias sociales. Miembro de la Red Repensando África

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