Patchana, de la autosuficiencia a la dependencia

Patchana es una hermosa zona de Casamance que pertenece a tres países: Guinea Bissau, Guinea Conakry y Senegal. Varias etnias componen la población, principalmente peules y badjaranques; mandingas, bámbaraso y basaris son etnias con menos presencia.

La peule es oriunda del este del continente africano: una tribu nómada, ganadera y sabia de los animales. Su piel es más clara que la de otras etnias y es de mayoría musulmana.

La badjaranque es autóctona de la zona: agricultores y pescadores de río, también tienen una larga tradición de herrería (antiguos herreros de la guerra y realeza). Se les considera sabios de la naturaleza y curanderos tradicionales. Son tribus de familias muy numerosas y muy unidas entre sí. De piel muy oscura, baja estatura y constitución fuerte. La mayoría son animistas o musulmanes, con minoría cristiana.

En Patchana la tierra es rica. Durante generaciones, las cosechas han permitido la autosuficiencia de las familias. Los cultivos tradicionales son el mijo, la yuca, el arroz, el maíz, el cacahuete y la alubia. Lo que en Europa se llama «ecológico» para nosotros es tradición: a base de semillas cultivadas generación tras generación, con abono sostenible gracias al ganado que pastaba en las tierras antes de la siembra, respetando los ciclos estacionales y aprovechando las lluvias. Ha sido desde nuestros ancestros una tierra que ha permitido la supervivencia de miles de hijxs de Patchana.

La historia de nuestra tierra cambia en 1973, según nuestrxs mayores, cuando llegaron las empresas multinacionales como Sodefitx (sociedad empresarial de algodón), Sonacos (empresa explotadora de cacahuetes) y Sodagri (empresa de transformación de arroz). Desde entonces, las explotaciones agrícolas fueron cambiando, aparentemente para mejorar las condiciones del duro trabajo en el campo, facilitando, gracias a la maquinaria y las herramientas, las labores del campesinado.

Los agricultores fueran cambiando las técnicas de producción a cambio de «multiplicar» la producción y los beneficios. Se implantaron nuevas semillas modificadas, abonos químicos, fumigaciones y maquinaria agrícola. Nada de esto era gratis: las grandes multinacionales «facilitaban» los aperos de labranza, semillas, productos de fumigación… a cambio de créditos y parte de la cosecha.

La realidad fue muy diferente a lo que pregonaban: se abandonaron los cultivos tradicionales, el campo dejó de autoabastecer a la población (lo que les hizo depender de las cosechas de poblaciones vecinas), aparecieron nuevas enfermedades (sobre todo en lxs niñxs), también los animales enfermaron «inexplicablemente». Lxs mayores sabiamente lo relacionaron con el uso de fumigaciones químicas: el agua se contaminó, transmitiéndose a través de los insectos nuevas enfermedades.

Una vez implantado el nuevo proceso de explotación, estas grandes multinacionales fijan sus precios de compra, limitando la venta de la sobreproducción y, por tanto, los beneficios económicos de los agricultores. Esto imposibilita en muchas ocasiones devolver los créditos concedidos por las empresas para modernizar la producción. Como consecuencia, se ha empobrecido una población que antaño podía considerarse «clase media». Por esto, lxs jóvenes se han visto obligados a emigrar a zonas urbanas o a otros países para poder mejorar la situación de sus familias y devolver los créditos, haciendo depender la supervivencia de una población tradicionalmente agrícola del aporte económico de lxs inmigrantes que trabajan en otros países. Se da también un empobrecimiento mental, en el que las nuevas generaciones piensan que para sobrevivir es necesaria la ayuda exterior, mientras que fue esta ayuda la que ha provocado la situación de pobreza de muchas familias.

Lxs jóvenes que emigran, en gran parte de los casos, se encuentran en situaciones de dificultad, en  lugares que les son ajenos a su cultura y sus tradiciones. Se estima que cuatro de cada diez jóvenes están en Europa o en el camino clandestino. Han dejado de cultivar la tierra que les pertenece para trabajar en explotaciones agrícolas en tierras que no son las suyas, para enriquecer a terratenientes europeos y poder mandar algo de dinero a sus familias.

Es necesario volver al origen del problema, recuperando el valor de la tierra para enriquecer a los propios productores, equilibrando la modernización con la tradición a través de la sensibilización, recuperando la fuerza de lxs jóvenes con la sabiduría de lxs mayores, para explotar la tierra y devolverla a las nuevas generaciones.

Mamoudou Traore, carpintero y colaborador de la ODS del Pumarejo

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