Los hombres y el consentimiento: un desencuentro

Cuando estudio las masculinidades tengo una regla: si no es un tema importante, no se hacen memes. Y si uno escarba un poco en blogs, páginas o foros misóginos, se topa rápidamente con memes sobre el consentimiento, como si eso de tener en cuenta la voluntad y el deseo de la otra persona fuese marciano.

Una indignante lista pasa por chistes como: «¿No has firmado el formulario de consentimiento? Entonces te cae denuncia por violación; ¿La has mirado sin su consentimiento? Has cometido violación telepática…» Trivializar la violación, sobredimensionar eso de las denuncias falsas (el 0,01% según cifras oficiales), victimizar al hombre pueden ser para el lector casos puntuales, cosas de cuatro enfermos y algo para nada representativo. Pero si una pregunta a cualquier amiga, escuchará casi seguramente historias de hombres que nos preocupamos menos e hicimos más de lo que deberíamos.

¿Qué nos pasa a los hombres con el consentimiento?

Fundamentalmente, existe un problema de fondo en el peso que le damos a la palabra de la mujer. Hemos aprendido a ligar a través de un Hollywood que nos contaba historias de hombres que luchaban por demostrar su valía y terminaban conquistando a una mujer que al principio nunca quiere, pero a la que convencemos. La típica película romántica plantea siempre la misma situación: el hombre, tras conocer a la mujer de su vida, vive algún conflicto que la hace alejar (posiblemente para siempre) comenzando un viaje de redención (al estilo de Ulises de Homero) donde habrá de ganar el perdón demostrándole a la mujer que lo que siente es un error y que él vale la pena. Finalmente, el hombre siempre termina convenciendo a la mujer, la cual agradece el esfuerzo. Colorín colorado…

Eso en cuanto al plano romántico. En el plano sexual, hemos aprendido que, cuando se trata de mantener relaciones, los hombres tenemos una especie de animalidad por la que llega un punto en el que ya no piensas. Es gracioso ver cómo gran parte de los hombres nos referimos a nuestro órgano reproductor como si de un ser aparte se tratase. Incluso llegamos a veces a quejarnos de cómo nos hace estar pensando en el sexo más de la cuenta. Esto es lo que llama la profesora Susan Bordo en su genial obra, El cuerpo masculino, el «argumento biologofílico»: un argumento basado en una mirada parcial sobre lo biológico que permite, en última instancia, justificar actitudes cuestionables (no parar cuando deberíamos parar, insistir cuando deberíamos renunciar, intentar follar cuando deberíamos escuchar y entender).

No se trata de que reemplacemos la opresión por un pensamiento moralista en la cama, pero sí se trata de reconocer que los hombres aprendemos sobre sexualidad, consentimiento y respeto desde una coyuntura misógina y machista. Y eso afecta a la forma en la que entendemos, entre otras cosas, la voluntad y el deseo femeninos.

El no femenino

Para muchos hombres, si no hay un «no» explícito, se entiende que pueden seguir. Y esto, que a muchos les puede parecer algo trivial, fundamenta muchas de las vivencias traumáticas de muchas amigas mías: lo que para nosotros es un malentendido, para ellas puede suponer una sensación de vulnerabilidad grande o pequeña, pero que está ahí. Para este hombre (en el que todos nos reflejamos alguna vez), el «no» que corta en seco es el único verdadero. Cualquier otra forma de negar es tomada por el hombre como un potencial «sí», y muchas veces, como una negativa superable, un reto.

Y el reto es el juego masculino por excelencia. Para Susan Bordo, esta cuestión del reto se basa en la mitología masculina de que la mujer se conquista poco a poco y que depende de la habilidad masculina el descubrirle a la propia mujer que, detrás de su no, hay un deseo latente.

La cultura misógina da por sentada la debilidad del «no» femenino: «preguntar e insistir funciona». Nos lo dice el estereotipo de la mujer que se hace de rogar, nos lo enseña el coach del cortejo que dice que «la mujer no sabe lo que quiere, tú debes mostrárselo». El hombre educado en valores patriarcales lo tiene claro: la mujer dice que no porque no quiere ser considerada una facilona. La negativa es para la masculinidad hegemónica un reto de una mujer que se hace la dura en lugar de ser una barrera que tenemos que respetar.

¿Malas personas o privilegios masculinos?

La gran pregunta es, ¿se hace todo esto por mala voluntad? No soy fan de plantear los temas de una manera moral entre malos y buenos ya que no creo que solucione nada. Prefiero pensar que se trata un problema de atribuciones mentales erróneas en contextos de desigualdad de género. Hay un privilegio claro (consciente o inconsciente, depende del caso) por el cual podemos proyectar erróneamente pensamientos, sentimientos o ideas a las mujeres y actuar en consecuencia sin grandes problemas ya que podemos ignorar el precio que paga la mujer por nuestra actitud.

Básicamente, los hombres no nos preocupamos por el precio que paga la mujer por comportamientos que tenemos: sea el precio alto o bajo, nos suele importar más bien poco. Basta con hablar con nuestras amigas, hermanas o madres para escuchar los estragos de la falta de consentimiento. Pero podemos no preguntar, podemos no implicarnos, podemos seguir actuando en el mundo sin comprometernos con el malestar de la gente que nos rodea.

Con dejar de des-implicarnos en el malestar que podemos estar generando abrimos una puerta a una forma nueva de pensarnos a nosotros mismos y a los demás. Y basta con hablar con las mujeres que nos rodean, y con hablar entre nosotros sobre estos temas. Hablar y sincerarnos es la mayor parte de las veces un ariete contra modelos de masculinidad tóxica, basada en el hermetismo, en el sufrimiento solitario y en el sacrificio.

Cuestionar la masculinidad supone que veamos una fractura en nuestro autoconcepto: implica un momento de crisis en el que nos sentimos mal pero ante el cual decidimos actuar para intentar sentirnos mejor, pero por otro camino. Pero el machismo nos pesa y muchas veces preferimos hacer memes: reírse de la idea del contrato de consentimiento es mucho más cómodo que pensar si he insistido o coaccionado para mantener relaciones. Nadie quiere sentirse mala persona, y es más sencillo echar trastos fuera que entender que puedo haber sido un cabrón.

 

Lionel S. Delgado. Investigador Dpto. Sociología de la Universidad de Barcelona en temas de urbanismo y género

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