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Los hombres cansados de serlo

¡Qué difícil resulta tratar sobre las identidades masculinas! Parece estar claro que el sistema binario construido que nos induce a generar una sociedad polarizada en solo dos términos (hombres-mujeres, femenino-masculino, homo-hetero) lleva ya bastante tiempo puesto en duda como uno de los más fuertes generadores de desigualdades. Parece que esa inquietud actual (a pesar de que la versión posmoderna nace en los 90, ahora es cuando ha tomado consistencia en nuestro territorio) ha traído bastantes debates en ambientes feministas e intelectuales y que se nos muestra como el horizonte perfecto para la ruptura definitiva de muchas desigualdades. Considero sensato englobar todo este debate en lo «queer» y en los feminismos postidentitarios, a través de los cuales, si no me equivoco, se mueven muchas de las corrientes del feminismo actual, que han puesto en jaque a las posturas de análisis y de transformación social basadas en las identidades, o al menos en identidades únicas y extrapolables a todos los contextos.

Sin embargo, hay una cuestión que se me antoja zafia y simplista en todo este asunto. Resumir toda una corriente de pensamiento y acción en «se acabaron las etiquetas» es cuanto menos una temeridad. Y la temeridad no surge porque le tenga miedo a una sociedad carente de etiquetas, me muevo bastante bien en la indefinición. El miedo se basa en que no desarrollemos el trabajo necesario en lo colectivo y en lo personal como para que efectivamente dejen de operar las taxonomías y las categorías. Y ahondo un poco más. Me parece zafio este resumen, porque es probable que el objetivo nunca haya sido el de disgregar las etiquetas, según lo entiendo yo, sino de tener la capacidad de transitar por las etiquetas y el desetiquetaje según sea preciso para luchar o enfrentar el origen de las desigualdades. Y sobre todo, y quizás esto sea lo más importante, que las identidades a las que nos acojamos para luchas han de entenderse dentro de un contexto situado y con una complejidad llena de matices, aristas e intersecciones lo suficientemente amplias como para no tratarlas de manera universal. 

No hace mucho leía un artículo de Brigitte Vasallo1 en el que analizaba (criticaba, mejor dicho) una acción de unas feministas francesas de FEMEN en Rabat en defensa del colectivo gay. Su llamada de atención para la descolonización del feminismo es quizás una de los textos más lúcidos que he encontrado en tiempos. El afán colonizador de esas chicas, paternalista y poco contextualizado, ayuda poco a la visibilidad de gays y lesbianas del reinado alauita. Todo lo contrario, esas francesas traen consigo el símbolo del Estado colonialista del que el pueblo marroquí está orgulloso de haberse librado. En esta ocasión, llega en forma de estilos de vida que la población debe adoptar en nombre de la libertad. Dos días después, dos chicos eran detenidos por besarse, mientras que estas simpáticas chicas de FEMEN eran puestas en libertad. En el artículo creo que se puede entender mejor. 

La cuestión no es sobre FEMEN, la cuestión está en detenernos a pensar si el desetiquetaje ayuda o, por el contrario, nos dejamos atrás, como han hecho las chicas francesas, todos los procesos que conlleva llegar hasta la meta de derribar las desigualdades. Y aquí es donde entran esos hombres que quieren dejar de serlo. O al menos que están cansados de serlo. Es fácil recurrir a la necesidad de desetiquetarnos como hombres rompiendo el sistema sexo-género. Desterrar sencillamente la etiqueta para así convertirnos en seres, lo que quiera que sea, mucho más igualitarios y generar así nuevos contextos en los que sea fácil tratarnos como personas nuevas parece que se vislumbra como el objetivo máximo. ¡Y un mojón!

En el encuentro de hombres feministas que se celebró en junio en Andanza en el que tuve la oportunidad de participar, pusimos en duda la pertinencia de usar la palabra «hombres» para definir el encuentro. También surgieron dudas sobre si se trataba de trabajar los privilegios que generan nuestras «masculinidades», y por ende si hay algo ahí que sea masculinidad. Incluso se ponía en duda si la asociación de «hombres» y «feministas» era la más acertada para entrar en un terreno de lucha prioritariamente ejercido por mujeres. En la convocatoria virtual que se creaba para tal encuentro, una chica increpaba incluso esgrimiendo que qué chorrada era esa de que los «privilegiados» se reuniesen a tratar sobre sus privilegios. Aunque en ese momento no estuve lúcido, me hubiera gustado preguntarle qué hace una persona vegana, si no es tratar de abandonar su situación de privilegio. O una cooperante.

Esconderse bajo el prisma de lo «queer» cuando se trata de dar respuesta a la llamada de romper el sistema binario desde identidades que se han construido en masculino, es decir como hombres, desde mi punto de vista puede conllevar que no sean tratados los privilegios que ostentamos. Antes de dejar de ser hombres, tenemos que ser conscientes de quiénes hemos sido y de quiénes somos de forma colectiva, pues nadie aprende por cabeza ajena. Los micromachismos, el paternalismo, la ocupación de los espacios, la agresividad, el pensamiento universal y abstracto que tantas emociones esconde, la excesiva «autoescucha», la complacencia, la alimentación desmesurada de egos… y un sinfín de características más están presentes en nosotros con más asiduidad de lo que pensamos. En un nosotros que es evidentemente masculino y que goza de cierto estatus hasta en los lugares de confianza. Desetiquetarnos sin el proceso que nos ponga frente al espejo para saber qué es aquello que se debe abandonar, puede dejarnos muchas de esas cosas arraigadas e incardinadas a fuego en nuestros cuerpos, sin ser revisadas y trabajadas. Y quizás en ese proceso pueda ser positivo el reconocerse como hombre que quiere dejar de serlo, hombre al que no le importa abrazar, priorizar y dejarse llevar (en todos los sentidos) por los feminismos. En definitiva, y extramuros, donde la realidad no es tan «queer» como quisiéramos, transitar en hombres feministas puede ser una identidad que más que restar, sume pluralidad y desmonte el binarismo por despuntar una bifurcación en la línea que une a los dos polos. Es un mojón, pero un mojón de los que nos marcan los caminos, puesto que las luchas contra las desigualdades nunca son metas definitivas; son, sin lugar a dudas, caminos por los que transitar. ¡Y menudos caminos!

por [Paulino Ramos]

Antropóloga y activista

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