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La cárcel invisible

No recuerdo casi nada de mi primer trabajo, pero sí el consejo que me dio un vecino: «tú calla y obedece, y así no tendrás problemas». Era la versión de andar por casa del famoso «no te signifiques». No significarse, negarse voluntariamente un significado, vaciarse de sentido.

Decía un profesor que tuve que «todo lo que nos roban, nos lo roban en el lenguaje». Hace unos años, el novelista Isaac Rosa publicó El vano ayer. En la novela, un editor franquista se dirige al protagonista —un escritor— en estos términos: «lo que yo espero de usted es lo que el público demanda: aventuras, solo eso, pura evasión. Cuanto más simple, mejor». Rosa sostiene, de alguna manera, que el pensamiento franquista perdura en la medida en que perdura su lenguaje. Nos roban el lenguaje valioso y a cambio nos ofrecen la seguridad de un lenguaje empobrecido, silencioso, inofensivo.

La cultura no solo es pintura, cine, literatura; la cultura es una forma de hacer las cosas, un hábito, una costumbre. Hemos crecido en la cultura del silencio, de la evasión, de la mirada oblicua. En ella estamos, y en ella quieren que sigamos: en una cultura convertida en una cárcel invisible. Esperan que seamos nuestro propio policía, nuestro propio censor. Y ese censor, ese policía invisible, es el ventrílocuo que habla cuando decimos cosas como «eso está politizado», o «eso debería despolitizarse».

Normal que tengan miedo: politizar, repolitizar, es recuperar la voz, es preguntarse acerca del sentido, es significar y significarse, es, en definitiva, recuperar lo que nos han robado: el instrumento que necesitamos para pensar en un futuro distinto: la palabra.

por [Javier Almódovar]

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