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El topo, dospuntos

El topo, el animal, en masculino dominante, lo siento. A veces también pasa al contrario: ¿cómo se llaman los machos de mantarraya? Bueno, se ve que en la parte genital todos los topos son muy parecidos. Hubo un tiempo, vete a saber cuál, en el que se pensó que los topos eran machos durante el año y que había algunos que se volvían hembras solo para criar.

El topo no es nadie en la superficie. Su mundo está en las galerías y se lo hace él solito. Es una máquina de cavar. Tiene las manos gigantescas, vueltas hacia afuera, con un falso pulgar extra —como el panda— que le permite aumentar el área de las paladas. Puede ejercer una fuerza hacia los lados de más de 30 veces su propio peso. Haciendo la típica comparación, supondría que tú —que pesas 70 kilos— pudieras mover más de 2 toneladas; y yo —que peso 220— pudiera mover más de 6, aunque a mí me dan mucha pereza esas cosas. Se sabe de un topo que escapó de un sótano abriendo una galería directamente a través del hormigón. También es verdad que quien lo tenía en el sótano era el encargado de la colección de un museo de historia natural, así que el topo debía saber que hormigón o nada.

Las galerías no tienen entradas ni salidas, porque ni falta que le hace entrar o salir. Los montones de tierra que deja en la superficie son solo escombreras. Dentro de la galería el ambiente está cargadito. Hay muy poco oxígeno, menos de un tercio de lo que hay en la superficie, menos que en el Everest, casi como en un antro una hora después del cierre de los bares. Para vivir en ese plan, el topo tiene el doble de sangre de la que suele tener un mamífero de su tamaño, y con el doble de hemoglobina. La galería es a la vez una casa —más bien grande— y una trampa. En ella van cayendo bichos subterráneos (lombrices, alacranes cebolleros, cochinillas, etc.) que, al encontrar el hueco, descansan un ratito. De tanto en cuando, el topo se da un frenético paseo por sus túneles y se come a todo lo que se encuentre vagueando en ellos. Y no come poco. Estiman —quienes se dedican a estimar esas cosas— que cada día debe meterse entre pecho y espalda casi su mismo peso en comida; eso, en lombrices, son muchas lombrices. Lo que el topo no hace, ni que lo majen, es comerse las verduras de la gente ni ninguna otra cosa vegetal. El topo es antivegano. En eso carga con una culpa y unas manías que no le tocan. Lo que sí le puede pasar es que, en su frenesí cavador, atraviese unas cebollas, unas zanahorias o unas papitas, que al fin y al cabo están más blandas que el suelo.

Parece que en la antigua Grecia se contaba que una ciudad sucumbió al derrumbarse las galerías que los topos habían hecho bajo ella. Lo que pasa es que —también en la antigua Grecia, seguramente en otra taberna— también decían que eso lo hicieron los conejos. Y hay quien dice que no sabemos qué palabras usaban las antiguas griegas para decir «topo» o «conejo». Y hasta hay quien dice que todo eso se lo contó un antiguo griego que andaba matando topos en el huerto a su impresionable hijo, que ya de adulto se convirtió en el padre de la zoología, la matemática o alguna cosa de esas, y lo dejó para la posteridad. Pero sí hay actividades toperas con carácter subterráneo-subversivo. Gustan estos bichos de dejar los campos de golf llenos de montones de tierra, enfadando mucho a la gente de los palitos. Lástima que no le vayan bien los ambientes sequerones y no haya podido ocupar la hornada reciente de campos que nos rodea. La gran hazaña subversiva del topo fue la eliminación directa de un rey, ni más ni menos. El rey Guillermo III de Inglaterra murió en 1702 por las secuelas de una caída que tuvieron él y su caballo al tropezar con una escombrera de topo. Sus enemigos, los católicos Jacobinos, hablaban con admiración de «ese pequeño caballero del chaquetón de terciopelo negro».

Ese chaquetón aterciopelado le ha costado muchos disgustos al topo. Siempre se usó su piel —con el pelo corto, brillante y muy denso— para muchas cosas: desde hacer puños y cuellos hasta aislar tuberías. A principios del siglo XX se pusieron de moda los abrigos de piel de topo, y se necesitan muchos topos para hacer un abrigo. En la década de 1920, Inglaterra exportaba cada año a EE. UU. 12 millones de pieles de topo. Parece que la suerte le llegó al topo con el automóvil. Tan denso es el pelo del animal que cuando alguien lleva mucho tiempo sentado sobre él, la forma del culo queda marcada. La moda pasó entonces al visón y otros animalillos, cuyos pelos te dejan ir en coche con el abrigo puesto.

El topo es muy cegato. Tiene ojillos, pero son muy pequeños y están tapados por el pelo, así que solo distingue luces y sombras. Parece que la evolución le ha dejado algo de ojos porque le sirven para detectar desperfectos en las galerías que puedan haber hecho pisotones de animales grandes o depredadores cavando. El caso es que pasa los más grandes peligros en los momentos en los que sale a la superficie. Ciego, despistado y paticorto, se convierte en una presa fácil. Pero que la presa sea fácil no significa que la comida lo sea. Que se lo digan a la gaviota de la foto. El equipo forense que informó sobre el episodio concluyó: 1) que la gaviota engulló feliz y contenta un topo vivo; 2) que, viéndose engullido, el topo tomó el camino recto, atravesando estómago, pulmones, esternón y pellejo (recuerda que si tú fueras un topo moverías 2000 kilos, si te pusieras); 3) la gaviota murió en el acto, llena de sorpresa; y 4) el topo también falleció, parece que de puro agobio. Se recomienda, por tanto, no comer topos vivos.

 

En Youtube: Unearthing the mole (1989) BBC

Más de BBC: http://www.bbc.co.uk/nature/life/European_Mole

Miguel Clavero

Investigador en la Estación Biológica de Doñana-CSIC y topero de refilón

 

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