De la serie Pobrezas:

"Pobreza Energética; Reducir y Redistribuir"

Pobrezas

Por un lado, parte de la humanidad no tiene acceso a los mínimos de energía para satisfacer sus necesidades. Por otro lado, seguir aumentando el consumo de energía entra en contradicción con la medida más importante de un modelo energético sostenible: el ahorro y la eficiencia energética. Los derechos humanos nos imponen aumentar el consumo energético; los límites planetarios, reducirlo. El falso dilema se resuelve reduciendo y redistribuyendo.

La energía como medio esencial para la satisfacción de necesidades

La energía no es una necesidad en sí misma, sino que es útil para conseguir otros fines. Sin embargo, aunque no sea una necesidad, es un medio esencial para satisfacer casi cualquier necesidad. La energía sirve para cocinar alimentos, para mantener temperaturas agradables, para calentar y bombear agua, etc. Todas estas actividades satisfacen nuestras necesidades.

Diferentes metodologías para definir «pobreza energética»

Definir «pobreza energética» es algo complicado; como toda definición, conlleva arbitrariedades y problemas. Las Naciones Unidas hacen hincapié en la falta de acceso a la electricidad en los países empobrecidos. En 2011, año declarado como el año de la energía sostenible para todos, 1500 millones de personas no tenían acceso a la electricidad1.

En los países enriquecidos hay diferentes definiciones para considerar un hogar como pobre energético2. Según European Fuel Poverty and Energy Efficiency, en el año 2005 un 9% de los hogares de España no podían mantener una temperatura adecuada en su vivienda. Según una encuesta reciente del Instituto Nacional de Estadística, el 17,9% de los hogares afirman no poder mantener una temperatura suficientemente cálida en los meses de frío.

Bajar el precio no es la solución

Se oye a menudo que la culpa del aumento de la pobreza energética es el aumento de los precios. En realidad, una visión global de la situación nos muestra que la energía, en sus diferentes formas, es demasiado barata.

Una reducción de los precios de la energía puede mejorar a corto plazo el bienestar de la población, pero a medio-largo plazo nos está enviando una mala señal. Dos son los principales motivos. Por un lado, un 87% de la energía primaria de España proviene de fuentes no renovables: combustibles fósiles y uranio3. Por otro lado, estas fuentes son contaminantes, tanto en su extracción —provocando desastres como el del delta del Níger— como en su deposición —cuasando el cambio climático o siendo almacenadas en cementerios nucleares—. Debemos ser conscientes de que, en este mundo, si el precio de estas fuentes de energía disminuye, se consumirán mucho más4. Si su consumo se acelera, se reduce nuestro tiempo para hacer la transición a fuentes renovables y aumentan sus impactos ambientales. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) «si el mundo pretende cumplir el objetivo de limitación del aumento de la temperatura mundial a 2º C, hasta 2050 no se podrá consumir más de un tercio de las reservas probadas de combustibles fósiles, a menos que se generalice el uso de la tecnología de captura y almacenamiento de carbono»5.

Satisfacción de necesidades y sostenibilidad: reducir y redistribuir

Al apelar a la subida de precios, mi intención es poner de manifiesto que no hay otra opción a reducir el consumo de energía. Esta opinión no es tan radical: la AIE cree que más de la mitad de reducción de emisiones de CO2 necesaria para cumplir con los compromisos de cambio climático se deberán al ahorro y la eficiencia energética6. Para eso, tendremos que establecer prioridades para su uso. Deberemos estudiar qué fuentes de energía nos proporcionan qué formas de energía y cuáles consideramos importantes para satisfacer nuestras necesidades de manera sostenible. Tenemos que ir siendo conscientes de que la era del derroche de energía está terminando. Tarde o temprano, seremos todas pobres energéticas, en el sentido de que no consumiremos tanta energía. Dar puñetazos encima de la mesa cargando contra la subida de los precios de la energía sirve de poco o nada.

Esta reducción del consumo global debe hacerse asegurando una redistribución que atienda a parámetros de justicia social. La energía es un bien común esencial en la satisfacción de necesidades cotidianas sin el cual es imposible llevar una vida digna. La pobreza energética mata física y socialmente, y no es más que otra consecuencia de los mecanismos de acumulación y dominación del poder económico y político.

No podemos permitir que se corte la electricidad y el gas (o el agua) a los hogares empobrecidos mientras los enriquecidos acumulan y derrochan. Un suministro básico de energía debe ser garantizado a todas las familias, es una cuestión de justicia social.

El futuro es nuestro

Entre tanto, la ciudadanía ya se está organizando para recuperar el control sobre la energía como «bien común básico», promoviendo su producción y consumo responsables, sostenibles y democráticos. La soberanía energética está dando sus primeros pasos en España a través de cooperativas energéticas como Som Energia, Goiener, Zencer, Enerplus, Nosa Enerxía, Ecooo, Viure de l’aire, etc.

La pobreza energética no es más que otro síntoma de este injusto sistema y las crisis que vive. Para superarla, es necesario que la justicia social, la sostenibilidad y la democracia vayan de la mano. El coste justo de la energía, su ahorro y uso eficiente y la recuperación de su control por la ciudadanía son prioridades de las luchas y alternativas del siglo XXI.

1 http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/65/151

2 http://economicsforenergy.blogspot.com.es/2014/01/lecciones-de-reino-unido-para-definir-y.html

3 La Energía en España 2011, MINETUR.

4 De hecho, desde la década de los 90 y hasta la crisis, el consumo energético de los hogares creció hasta 5 veces más rápido que la población. Documento de IDAE citado antes.

5 World Energy Outlook 2012.

6 Cambio Global España 2020/2050. Energía, Economía y Sociedad. Fundación CONAMA

Pérdidas que hacen crecer el PIB. Una crítica a la economía convencional desde la economía ecológica.

Si se mira la realidad, sin dejarse llevar por la valoración de la economía convencional, se observa que una enorme máquina (formada por autopistas, fábricas, urbanizaciones, parkings, excavadoras, antenas, pegotes de chapapote, grúas, monocultivos, vertederos, centrales térmicas y residuos radiactivos entre otros), crece y crece comiéndose la riqueza ecológica (base de la vida) que encuentra a su paso: la capacidad de realiUna crítica a la economía convencional desde la economía ecológicazar la fotosíntesis, los ríos limpios, las relaciones comunitarias, las variedades de semillas, los bosques autóctonos, las relaciones cara a cara, la biodiversidad, los juguetes autoconstruidos, los caminos de tierra, los animales de los que tuvimos noticia en nuestra infancia, las maneras poco costosas (energéticamente) de calentarnos y enfriarnos, las aguas subterráneas no contaminadas, la fertilidad del suelo, etc. El metabolismo de la sociedad tecnoindustrial se alimenta de los elementos que generan la vida mientras va dejando atrás residuos tóxicos, desiertos, suelos pobres y contaminados, riberas muertas, superficies cementadas, radiactividad descontrolada, mentes homogéneas y un negro futuro para la mayor parte de las personas y las especies de la Tierra.

Y todo ello se minimiza, se eclipsa e incluso se celebra bajo la denominación de crecimiento económico. Gobiernos, medios de comunicación, analistas y consejeros delegados miran más el crecimiento del PIB que la realidad misma para establecer sus valoraciones y sus políticas. El Producto Interior Bruto es el valor monetario total de la producción corriente de bienes y servicios de un país durante un período. Un indicador que, según la economía convencional, viene a reflejar el grado de desarrollo e incluso de riqueza de un país.

La economía ecológica, sin embargo, propone mirar la realidad física en lugar de los indicadores monetarios para entender lo que pasa. Por eso, está más interesada en la cantidad de materia orgánica que se produce o que se pierde, en la huella ecológica, en la disponibilidad y el uso de la energía, en los ciclos de materiales, en la riqueza ecosistémica, en la evolución de la tierra fértil, en la resolución de las necesidades humanas o en la eficiencia ecológica que en el crecimiento del PIB, en los «ciclos» económicos o en la renta (media) per cápita.

La economía ecológica denuncia el problema de la monetarización, que consiste en mirar solo aquello que tiene valor monetario, dejar de percibir el resto de la realidad y sacar conclusiones indebidas. Para la economía ecológica, el sistema económico es un subsistema del sistema de la biosfera, y no al revés.

Resulta por tanto útil examinar algunas de las pérdidas y destrozos que contabilizan positivamente en el PIB y son considerados en consecuencia como riqueza y desarrollo:

– La extracción y degradación de materiales de la corteza terrestre

Cuando un material se extrae de la corteza terrestre, el sistema económico al uso considera que se ha «producido» ese material. Por eso se habla de países «productores» de petróleo. Cuanto menos petróleo queda en las bolsas donde la biosfera lo ha almacenado durante millones de años, más suma en los indicadores de «producción». Lo mismo pasa con los minerales o incluso con la materia viva, como es el caso de la pesca industrial de especies en peligro de extinción. La confusión entre extracción y producción que regularmente muestra el sistema económico tiene fatales consecuencias, pues vaciar la «despensa» de la biosfera se contabiliza como algo positivo. Si analizamos este fenómeno desde el punto de vista termodinámico, la interpretación es muy diferente: los materiales ordenados (petróleo, carbón, gas) almacenados en la corteza terrestre son extraídos y desordenados (pues no pueden volver a ser aprovechados por los seres vivos). Son sumados solo por ser «introducidos» en el sistema económico y por eso se dice que se «producen». Lo que en buena lógica tendría que ser una resta, es contabilizado como una suma. Se llega a la paradoja de que cuanto más se esquilma a un territorio, más «rico» es considerado. La degradación de la corteza terrestre es buena para la economía.

– La apropiación de los bienes comunes

Si un bien es de todas las personas (o no es de nadie), no se considera un bien económico, pues no se puede o no tiene sentido intercambiarlo. Pero si este bien es arrebatado del común, apropiado y comercializado, entonces aumenta el PIB. Una playa pública no puntúa en el sistema económico, pero si alguien le pone una valla y cobra por entrar entonces se considerará «producción». Cuantas más vallas tiene un país, más «rico» y «desarrollado» es. El uso libre de los bienes de la tierra contabiliza menos que el acceso privado. El empobrecimiento de la colectividad y las privatizaciones «aumentan» la «riqueza» de esa colectividad.

– El deterioro y la destrucción de la naturaleza

Si el agua del río se contamina porque una industria vierte sus residuos a su curso, los habitantes que viven río abajo se verán obligados a dejar de beber el agua cercana y tendrán que comprar agua embotellada en el supermercado. Al comprarla será contabilizada como actividad económica, lo que no sucedía al beberla de forma directa cuando estaba limpia. El agua contaminada por tanto hace «crecer» el sistema económico. Un país se considerará más rico si sus recursos naturales sanos y abundantes han sido deteriorados. Un bosque quemado contribuye más al PIB que un bosque vivo. El aire contaminado de la ciudad impulsa la construcción de segundas residencias en el campo. La playa insalubre hace más atractiva la instalación de piscinas. El crecimiento económico degrada el medio y el medio degradado impulsa el crecimiento económico. La naturaleza muerta contribuye más al PIB que la viva. Por eso Vandana Shiva dice que el PIB es una medida de la destrucción.

– La insatisfacción

La insatisfacción es uno de los principales motores del mercado. Las personas felices con lo que tienen —ricas en relaciones, que cultivan su espíritu y disfrutan de su cuerpo— necesitan menos de los bienes y servicios del mercado que las personas insatisfechas, hastiadas, incómodas con sus últimas adquisiciones y aburridas de sus vidas. Esto lo sabe bien el discurso publicitario y por eso nos recuerda unas tres mil veces al día que necesitamos cosas que ni hemos pensado, que lo que tenemos ya no sirve, que seríamos más felices enchufándonos al mercado y en especial a las propuestas de las compañías más grandes del mundo. Para la economía, el crecimiento representa el bienestar y, por tanto, en cierta medida la felicidad, pero la psicología de la felicidad ha demostrado que una vez resueltas (o en proceso de resolución) las necesidades imprescindibles, esta depende más de las relaciones afectivas, del humor, de la sabiduría, del compromiso y de los logros relacionados con el esfuerzo, que de la relación con los objetos y bienes propuestos por el mercado. Precisamente la incapacidad de una buena parte de las conductas de consumo para hacernos felices de forma duradera es aprovechada por la provocación publicitaria para colarse hasta el fondo de la mente y ofrecer más y más nuevas propuestas. La psicología positiva ha demostrado también que la felicidad no aumenta por encima de un cierto nivel de renta. La mayor parte de las culturas, de una manera u otra, han tratado de buscar la felicidad y la plenitud a lo largo de la historia de la humanidad, tratando de controlar los deseos y desarrollando equilibrios y satisfacciones más centradas en el ser que en el tener y en el compromiso con la comunidad. Por el contrario, el mercado trata de inducir incluso deseos que todavía no se han producido. El mercado aprovecha los diferentes resortes del sistema nervioso para colocar sus propuestas al precio que sea. La necesidad de estimulación y entretenimiento, la habituación y el rendimiento decreciente de los estímulos, la curiosidad natural, la necesidad de pertenencia al grupo, la seducción que provocan las novedades, inducen el deseo, y este es manipulado para que sea percibido como necesidad. La risa y la alegría contabilizan poco o nada en el PIB, sin embargo, todo el consumo de psicofármacos reguladores de las emociones lo hacen crecer de forma significativa.

– La desigualdad

El ser humano, aunque puede tener deseos ilimitados, tiene en realidad un conjunto más o menos finito de necesidades. Como el resto de los animales, podría saciarse y conformarse con una cantidad limitada de recursos materiales. La desigualdad introduce la comparación y con ella la idea de necesidades ilimitadas. Tener lo que tienen los que tienen más se convierte en una necesidad. Pobre es quien no tiene un televisor, pero si el país se desarrolla, entonces pobre es quien no tiene tres televisores. Se crea así una imparable espiral de necesidades. De hecho, los indicadores de pobreza se miden en magnitudes comparativas. Algunos economistas llegan a afirmar que la desigualdad funciona como un motor económico que hace que finalmente todos tengan más, pues parten de la idea de un mundo infinito. La realidad es que las «necesidades» ilimitadas creadas desde la desigualdad hacen crecer el sistema económico en un planeta que tiene límites.

– La ineficiencia ecológica

Cada mañana se cruzan camiones transportando galletas de parecidos sabores desde ambos extremos de Europa. No es difícil ver que se abre varias veces la acera de una calle para introducir varios tipos de conductos que podrían ponerse juntos y al mismo tiempo. En buena medida puede decirse que la economía realiza numerosos trabajos de Sísifo para engordarse. Pasar frío en verano y cogerse catarros en el cine o en el transporte, mientras se pasa un calor desagradable en invierno. Así mismo, el mercado fragmenta la actividad humana y trata de hacer negocio con cada una de las partes resultantes. En la actualidad no es difícil ver a personas que van en coche al gimnasio, en el que caminan en una cinta andadora. No resulta extraño ver subir en ascensor a personas que van a hacer stepping (subir y bajar un escalón de plástico). Las tiendas están llenas de objetos que permiten ahorrar tiempo y aparatos que sirven para gastar el tiempo ahorrado.

– La pérdida de autosuficiencia y soberanía

Cuando una comunidad humana obtiene los recursos y alimentos que consume de las tierras que habita, su actividad alimenticia no es registrada económicamente, por lo que tiende a considerarse pobre. Sin embargo, si es altamente dependiente de recursos externos, aumentará el volumen de su economía. Una familia que come de su huerta contribuye menos al PIB que si compra los productos alimenticios en el supermercado. La pérdida de soberanía activa el sistema económico y lo hace crecer.

– La escasez

Se dice que la economía es aquella materia que estudia la gestión de los recursos escasos. Si un bien es abundante, entonces no es considerado económico. Pero si la disponibilidad de este bien disminuye, si se deteriora o se hace escaso, entonces pasa a ser un bien económico y es contabilizado como riqueza. Se da el caso de que el avance de la maquinaria tecnoindustrial deteriora muchos recursos abundantes (agua, aire, biomasa, relaciones interpersonales, medio ambiente sano, risa, etc.) haciéndolos escasos. La expansión de la mancha gris de la biosfera, por tanto, contabiliza dos veces.

– La sinrazón y la irresponsabilidad

A pesar de que una parte importante de la teoría económica clásica se basa en la supuesta racionalidad de los agentes económicos, cualquier persona que trabaje en investigación de mercados o en agencias de comunicación sabe que precisamente, para aumentar las ventas de cualquier producto o servicio, hay que hurgar en la sinrazón. Vender cosas que no se necesitan, comprar cosas que no se usan, tirar cosas nuevas, realizar trabajos absurdos, destruir lo que todavía vale, aumentar la ineficiencia, engañar con la apariencia, derrochar, asociar valores contradictorios (cuidar el planeta comprando coches), provocar la frustración, crear complejos de inferioridad, suscitar la envidia o la avaricia: son mecanismos habituales del sistema económico que hacen crecer la riqueza de un país. Cuanto menos responsable se es, más se dinamiza el mercado. En realidad puede decirse que la inmoralidad es buena para el PIB.

econo cembranos web 2En general, las estructuras injustas y antiecológicas hacen crecer más el PIB. Las fórmulas antiecológicas de resolver las necesidades consumen más energía, requieren mayor cantidad de materiales organizados, emiten más residuos, consumen más espacio, concentran más poder y, por lo tanto, crean más desigualdad. Es muy destructivo mantener el crecimiento como objetivo principal de las políticas de los estados.

Si no es una medida de la riqueza ecológica, ni del bienestar humano, ni de la justicia, ¿qué es entonces el PIB? Es, a lo sumo, una medida del grado de mercantilización de la realidad. Los cuidados realizados sobre todo por mujeres no contabilizan en el PIB a pesar de ser más necesarios para la supervivencia y la reproducción que una parte importante de las ofertas del mercado. Los trabajos que realiza la naturaleza para mantener la vida, reproducirse y, cuando la dejan, complejizarse y ampliarse, tampoco son visibilizados por este indicador económico. Cuando estos procesos claves para la supervivencia se ven deteriorados o suprimidos no se reflejan de forma negativa. La aceleración de la entropía no tiene su expresión en el PIB, a pesar de que nos va la vida en ello.

El grado de mercantilización, en el capitalismo avanzado, es un indicador de la cantidad de realidad que pasará a ser controlada por las grandes compañías multinacionales, quizá por eso goce de tan buena prensa. Tal vez el Producto Interior Bruto, sea bruto de verdad.

Una sociedad preocupada por la justicia y la sostenibilidad dispondrá de nuevos indicadores de medición tales como el grado de equidad, el grado de suficiencia, la resolución no violenta de conflictos, el mantenimiento de la biodiversidad, el consumo energético por habitante, la huella ecológica o la relación entre felicidad y recursos.

(Una ampliación de este artículo puede encontrarse en el capítulo publicado en el libro: Taibo, C. (2010) Decrecimientos. Madrid: Catarata).

Bibliografía

Carpintero, Oscar. (2005). El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica 1955-2000. Madrid. Colección Economía vs Naturaleza. Fundación César Manrique.

Ecologistas en Acción. (2008). Tejer la vida en verde y violeta. Cuadernos de Ecologistas.

Estevan, Antonio. (1994). Contra transporte cercanía. Barcelona. Rev Archipiélago nº18-19.

Fernández Durán, R. (1993). La explosión del desorden. Madrid. Fundamentos.

Galbraith, John K. (1960). La sociedad opulenta. Barcelona. Ariel.

Herrero.Y, Cembranos.F y Pascual M. (2011). Cambiar las gafas para mirar el mundo. Madrid. Libros en Acción.

Mander, Jerry. (1996). En ausencia de lo sagrado. Palma de Mallorca. José J. de Olañeta Editor.

Naredo J.M. (1987). La economía en evolución. Madrid. Siglo XXI.

Neef, Max. (1994). Desarrollo a escala humana. Barcelona. Icaria.

Riechmann, Jorge (coord.). (1998). Necesitar, desear, vivir. Madrid. Los libros de la Catarata.

Shiva, Vandana. (1995). Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo. Madrid Horas y horas.

Con el sudor de las de enfrente

«Con el sudor de las de enfrente» es sin duda, una expresión que sintetiza maravillosamente uno de los principios rectores más importantes del funcionamiento del actual sistema económico: la acumulación por parte de un*s poc*s solamente es posible gracias a la desposesión de un*s much*s. De esta forma, la famosa frase de abuelo que dice «en la vida siempre habrá ricos y pobres», lejos de ser un mero enunciado que constata una realidad histórica, constituye una de las trampas ideológicas más importantes (en el sentido de que es comúnmente aceptada y se reproduce en lo cotidiano) que promueve la ficción de que las desigualdades sociales son un destino inevitable. Si aceptamos la hipótesis de la «desposesión» estamos abriendo la puerta a uno de los problemas más importantes y más silenciados de nuestros tiempos: el problema de la riqueza. Sí, lector/a has leído bien, el problema, o mejor dicho, los problemas consustanciales de la riqueza.

La hipótesis de la desposesión apunta hacia la idea de que la riqueza actual se ha construido y acumulado a costa de generar pobreza. En otras palabras, no existen personas ricas y pobres, sino más bien existen personas enriquecidas a costa, no solo del empobrecimiento de otras, sino también de la destrucción de las bases materiales que sostienen las diferentes formas de vida en el planeta, incluida la de las personas: los ecosistemas. Así nos podríamos preguntar, ¿por qué unos países y/o personas han llegado a ser ric*s y otr*s pobres?, ¿cuáles han sido los procesos históricos que explican esta situación? Para empezar a indagar en estas cuestiones es necesario reflexionar, e incluso permitirse el lujo de poner en suspensión, algunas de las ideas clave que sostienen lo que hoy entendemos por economía. Estas ideas están relacionadas con las normas sociales que legitiman a día de hoy el cómo se reparten las plusvalías, cuáles son y por qué existen las diferencias salariales o por qué existen trabajos remunerados y otros que no los son… Sin duda, estas y otras cuestiones constituyen principios sociales que rigen la economía tal y como la entendemos a día de hoy, que dan legitimidad a la acumulación de la riqueza «con el sudor de las de enfrente». Indaguemos pues un poquito más sobre ello… En el siglo XIX, Marx hablaba de la apropiación de la plusvalía por parte de la clase capitalista. La plusvalía es un concepto que hace referencia al excedente en términos de valor monetario que produce la clase trabajadora tras la remuneración de su trabajo y de la que se apropia, de forma gratuita, la clase capitalista. En otras palabras, la clase capitalista se apropia de una parte del pastel por el mero hecho de tener la propiedad, y por lo tanto el oligopolio, de los medios de producción —tierra y capital—, así como el control de la tecnología. El objetivo del capitalismo y de su clase por excelencia no es otro que maximizar este proceso acumulativo1. En el capitalismo de Marx, la clase trabajadora, al estar desposeída de sus medios de producción y subsistencia, solamente puede vender su fuerza de trabajo en el mercado a cambio de un salario, a sabiendas de que parte del valor de su producción y su trabajo será para la clase capitalista. Aquí tenemos, por tanto, una primera forma de «con el sudor de las de enfrente»2.   Además, cabría añadir, que la configuración de la propiedad privada y las reglas del juego de la acumulación no ha sido un proceso limpio, ni desde luego democrático. Por el contrario, el capitalismo se ha construido en base a procesos extremadamente violentos y destructores de la diversidad cultural y ambiental, no exentos de luchas y resistencias, por otro lado. La privatización de la tierra con su consecuente expulsión de campesin*s, la destrucción de propiedad comunal/colectiva y formas de apoyo mutuo rurales y urbanas, la mercantilización creciente del trabajo humano, los procesos de invasión colonial, neocolonial e imperialistas que promueven la apropiación de saberes, recursos y espacios geoestratégicos… no solo forman parte de un pasado «lejano» sino del presente más cercano. Con la globalización y el avance de la financiarización de la economía, los procesos anteriormente descritos resultan enormemente más complejos. No vamos a entrar en ello por cuestiones de espacio, pero sí nos gustaría apuntar una segunda forma de «con el sudor de las de enfrente» que se amplifica y expande durante este proceso: la institucionalización y normalización de las diferencias salariales del trabajo. Es decir, la aceptación generalizada de que deben existir trabajos mejor remunerados que otros sin una discusión democrática de cuáles deberían de ser esos trabajos3, cuáles deberían de ser sus remuneraciones y si deberían de existir límites al respecto. Así, por ejemplo, a día de hoy, el «trabajo» de un general del ejército o de un notario está mejor remunerado que el trabajo de una agricultora. Estas diferencias salariales hacen posible que el notario o el general puedan apropiarse del producto de varios días de trabajo de la agricultora a cambio de una hora de trabajo propio4. Este mecanismo de intercambio desigual se extiende no solo entre clases del trabajo, sino también entre regiones, territorios y países. Los análisis críticos al capitalismo sin perspectiva feminista han centrado su atención mayoritariamente en las formas de explotación del trabajo asalariado. Estos enfoques, por tanto, suelen adolecer de una ceguera estructural hacia aquellas otras relacionadas con el trabajo no remunerado. Estamos hablando del trabajo reproductivo (doméstico, de cuidados…) realizado mayoritariamente por mujeres al margen de los tiempos del mercado. En este sentido, la expresión «con el sudor de las de enfrente» cobra dimensiones estratosféricas. La acumulación del capital, y por lo tanto de la «riqueza», solamente es posible si existe una cantidad ingente de trabajo invisibilizado, que no está reconocido como tal, sin remuneración alguna.

No vamos a ser ingenu*s, el patriarcado/capitalista necesita consustancialmente del trabajo gratuito de millones de mujeres5 que, en términos economicistas, sostienen las condiciones materiales y afectivas de las personas y reproducen de esta manera la fuerza de trabajo. Es más, esta forma de «con el sudor de las de enfrente» no solo alimenta las relaciones de explotación y apropiación entre clases, sino que también es uno de los mecanismos que sustentan y amplifican las relaciones de dominación y desigualdad entre hombres y mujeres. En contextos capitalistas como el nuestro, donde las relaciones sociales están cada vez más fragmentadas debido al individualismo —y el estado menos presente en términos de políticas sociales6—, los bienes y servicios generados por el trabajo doméstico y de cuidados no pueden ser intercambiados por otros bienes y servicios al tener una «tasa de intercambiabilidad» (entiéndase: salario) nula. Esta realidad económica no solo eleva hasta el infinito las formas de intercambio desigual del trabajo (como en el ejemplo del notario/agricultora), sino que además perpetúa una interdependencia jerarquizada e injusta de las personas que realizan estos trabajos a las personas asalariadas y a su vez, a los designios del mercado. A lo que habría que añadir la falta de corresponsabilidad por parte de los hombres como «clase» de cuidar igualmente al resto de las personas y a sí mismos. Podríamos seguir con una cuarta, quinta, sexta… formas de «con el sudor de las de enfrente» que permiten, bajo el amparo institucional, a una minoría constituida por los países enriquecidos y las élites de los países empobrecidos la apropiación a gran escala de los recursos naturales7, la destrucción de los ecosistemas, el «derecho a contaminar» todo, todo y todo… el control de las semillas y recursos fitogenéticos por parte de las multinacionales, del conocimiento… a costa de la mayoría, las generaciones futuras, la vida de otras especies… y del planeta mismo. ¿Con el sudor de mi frente?   Agradecimientos: Me gustaría agradecer a Ana Jiménez por darme la idea original de “Con el Sudor de las de enfrente”. Así mismo agradecer a Olga de Marco y al equipo de redacción del Topo por la lectura y los comentarios al primer manuscrito que sin duda ha contribuido a la mejora del mismo.     Nota: para profundizar, leer trabajos de Silvia Federici, David Harvey, Amaia Pérez Orozco y José Manuel Naredo. 1 Lo que en términos modernos podríamos llamar el beneficio empresarial y el crecimiento económico. 2 Un ejemplo no tan lejano. En 2012, el producto interior bruto del estado español se estimó en 1 029 002 millones de euros (ver: INE). De los cuales el 43,9 % tuvo como destino la remuneración del capital, la tierra (alquileres) y el beneficio empresarial. El 46,9 % remuneró el empleo y el 9,1 % fueron impuestos netos sobre la producción y las importaciones. Datos bastante significativos de por sí, sin entrar en las diferencias salariales y la creciente concentración del capital y la tierra en pocas manos. 3 Como, por ejemplo, en función de su importancia para el bienestar de las personas, y no en función a los intereses del mercado. 4 Nota para las mentes más conservadoras: ser agricultor/a también requiere de un largo aprendizaje, esfuerzo y años de dedicación, la diferencia fundamental es que este proceso de aprendizaje está mucho menos valorado socialmente; ¿clasismo tal vez? Otro ejemplo clásico, es lo que cobran los deportistas de élite o los grandes empresarios (sí, en masculino)… 5 En el estado español, alrededor del 70-80 % del trabajo no remunerado es realizado por mujeres (desde hacer la comida, cuidar a las personas más dependientes, ir a por l*s niñ*s al colegio…). Siendo este, según la socióloga Ángeles Durán, más del 60 % del trabajo total. 6 …y es más cómplice de los procesos de acumulación y sinvergonzonería… ¡Si es que alguna vez no desempeñó este papel! 7 Por ejemplo, si todo el mundo tuviese los niveles de consumo de Estados Unidos, con una huella ecológica 8,0 hectáreas por persona para el 2007, harían falta 4,5 planetas. Menos mal que en el caso del estado español solo harían falta 3 planetas.  

Acerca de la utilización de un lenguaje no sexista

Este trabajo ha sido redactado con el símbolo asterisco (*). El uso del asterisco tiene un significado político: el de intentar no incurrir en un lenguaje sexista (evitar el supuesto «genérico masculino»). Como cualquier otra, esta es una opción con sus pros y sus contras. El motivo por el cual se ha elegido esta y no otra, ha sido porque simbólicamente el asterisco pretende representar una identificación sexo/género de forma más abierta que otro tipo de simbología más próxima al binarismo del sexo/género.

Este tipo de representación simbólica no es reconocida a nivel institucional y, por lo tanto, no es aceptada como vehículo legítimo de representación lingüística en la escritura. Es más, suele existir una invitación sutil en la academia, cuando no una prerrogativa, hacia el cumplimiento de las «formas de escribir» que se adecuen al cumplimiento de las Normas Gramaticales establecidas. Al ser la lengua y la gramática un producto social, es evidente que existe una estrecha conexión entre el sexismo social y el sexismo lingüístico (Ayala et al., 2002; Lledó, 1992). De esta forma, una «invitación sutil» al cumplimiento de la Norma se convierte en una «sutil invitación» al cambio de posicionamiento político a favor de las posiciones más institucionalizadas (supuestamente neutras) que no deben ser cuestionadas ni trasgredidas (bajo amenaza implícita/explícita de sanción).

En este sentido, existe una necesidad imperante de interpelar las normas en pro de la construcción de un lenguaje no sexista que sea reflejo de una sociedad no sexista. A lo que habría que añadir:

«Considerar que aceptar la gramática aceptada es el mejor vehículo para exponer puntos de vista radicales sería un error, dadas las restricciones que la gramática misma exige en el pensamiento; de hecho, a lo pensable» (Butler, 2007, p. 2). Entiéndase radicales en un sentido de «raíz», o si se prefiere, crítica.

Sin más, expresar nuestro deseo de que algún día este tipo de notas no sean necesarias.

  • Butlher, J. (2007): El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. En Ed. Paidós Estudio 168.
  • Ayala, M. C., Guerrero, S., Medina, A. M., 2002. Manual de lenguaje administrativo no sexista. Asociación de Estudios Históricos sobre la Mujer y Ayuntamiento de Málaga.
  • Lledó, E., 1992. El sexismo y el androcentrismo en la lengua: análisis y propuestas de cambio. ICE Universidad Autónoma de Barcelona.