nº8 | farándulas

Poesía tras las rejas

Sentado aquí escribiendo cosas en el papel,
en lugar de clavar mi lápiz en el aire.

 

Estos versos compuestos por Bob Kauffman durante su encarcelamiento, articulan claramente la relación entre lxs presxs y la escritura dentro de los centros penitenciarios o tras haber pasado por ellos. Así, la palabra escrita como herramienta de supervivencia y resistencia recorre las cárceles a través de inscripciones en muros, tatuajes, fragmentos, cartas, relatos, memorias, mensajes, etc. De entre estas representaciones, la poesía sobrevuela la trágica historia de las prisiones como un cauce expresivo único para describir este drama: el de una sociedad condenada que condena, encierra, controla y tortura, basada en un sistema legislativo que justifica el castigo del poder político mediante la falacia de la reinserción de aquellxs que no responden a sus intereses. La elección de la poesía entre otras formas de escritura nace de la imposibilidad de nombrar el sufrimiento y dolor de lxs encarceladxs en un confinamiento asfixiante que despoja y fragmenta al ser para «normalizar» su conducta a través de la represión y el adoctrinamiento. Con todo ello, la voz poética surge para transcender la imperfección de la palabra y adecuarse, lejos de las normas impuestas dentro y fuera —que se reproducen también en lo que decimos o dejamos de decir—, a aquello que lxs poetas desean expresar.

Larga y sabida es la relación de poetas reconocidxs que tras las rejas escribieron sobre la huella imborrable de la experiencia en las cárceles que se arrastran por la humedad del mundo y que van por la tenebrosa vía de los juzgados . Además de ellxs, la poesía ha circulado y circula, a modo de lectura y escritura, entre aquellxs condenadxs cuyos nombres nadie recuerda, personas anónimas que encontraron en los versos un arma para combatir la muerte en vida que supone la reclusión y el maltrato. Tanto unxs como otrxs describen las mismas sensaciones, iguales sentimientos y emociones compartidas, que  solo conocen quienes soportan la desesperación de la ausencia de libertad: No es suficiente estar enjaulado con uno mismo; / quiero sentarme frente a cada prisionero en cada agujero.

Así pues, los poemas escritos en prisión o tras haber estado en una de ellas, comparten una visión común del tiempo y el espacio, alrededor de la cual se construyen el resto de obsesiones y el universo particular de cada poeta. El tiempo es, por un lado, el de la estancia en la prisión, monótono y estancado, a la par que angustiante —un tópico común es la descripción de las jornadas y el desasosiego que suscita—. Por otro lado, nos encontramos el tiempo de la espera que se vincula con el exterior y la distancia con la realidad que continúa tras los muros, ajena a lo que sucede dentro de ellos. Así lo relata David González tras describir la pared de su celda llena de rayas verticales: Por la mañana / lo primero que hago / al levantarme de la piltra / es acercarme a esa pared / y preguntarle: / ¿a qué días estamos hoy? En relación al espacio —íntimamente relacionado con el tiempo, como muestra Vallejo: si estuvieras aquí, si vieras hasta / qué hora son cuatro estas paredes— sucede algo muy similar. En esta representación se da una dicotomía entre el espacio interior y el exterior. El interior se manifiesta a través de la celda y de los muros que, por una parte, separan y desvinculan a lxs reclusxs de su vida tras las rejas. Y, por otra parte, les encierran en sí mismxs, incapaces de escapar de la espiral y el laberinto a los que se ven sometidxs. Así lo concibe la poesía de Marcos Ana, quien en el poema «Mi corazón es un patio», detalla su vida diaria en prisión como un movimiento circular en el que se siente atrapado, simbolizado en un patio donde giran / los hombres sin espacio. Allí ya ni el sueño me lleva / hacia mis libres años. / Ya todo, todo, todo, / —hasta en el sueño— es patio. Tal es el bucle en el que se sumerge que el mundo exterior se le aparece remoto y extraño, tan lejano que lo ha olvidado: Hace ya tantos siglos / que nací emparedado, / que me olvidé del mundo,  /de cómo canta el árbol.

A pesar de este olvido, los versos escritos en reclusión manan como una forma de rebelarse contra la ausencia de la memoria, contra la incomunicación —esta es la razón por la que muchos textos tienen un aire onírico: He soñado que puedo soñar— . Como consecuencia, lxs presxs buscan en la poesía una reconstrucción del ser y el conocimiento interior en el estado de soledad constante. Al mismo tiempo, persiguen separarse de la hostilidad, la violencia y la vejación de la autoridad que pesa sobre ellxs y ser libres a través de la palabra: Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero. / Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma .

De este modo, el encuentro con unx mismx en el poema conduce a una conversación imaginaria con aquellxs que están más allá del centro penitenciario —por ejemplo, la madre en Vallejo y Valls, la amada en Hikmet y lxs hijxs en muchos poemas de presxs—. A su vez, conlleva un nexo de unión con lxs compañerxs. Juntxs combaten por la caída de las paredes que les encierran y someten, pues ellxs son los que acomodan su paso al paso de la historia, / los que pisotean el imperialismo que se derrumba, / los que edifican el mañana . Desde esta lucha aquel muro, aquel muro vuestro, / poco nos importa, poco . La fuerza de la unión conduce a otro lugar común: el de la denuncia. La denuncia al carcelero, las torturas y el abuso de su autoridad. Denuncia al sistema penitenciario que transciende para convertirse en el sistema impuesto general y la sociedad que lo ha generado. Ante y contra ellos, Soyinka pide a los locos subidos a los muros que aúllen, como aúlla Lucio desde el módulo de aislamiento, donde la sangre es el desahogo de la reivindicación / donde se castiga la dignidad y se premia la pasividad / donde se vende a la sociedad la tortura en forma de reinserción.
 

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