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La Carbonería, para quien la habita y da vida

La primera vez que pisamos La Carbonería íbamos a montar El Salón del Carbón, una exposición en apoyo a la huelga de basureros de Tomares: la obra enviada por artistas de todo el territorio peninsular abarrotó las paredes en espera de una subasta que se saldaría con un rotundo éxito para la caja de resistencia. De ahí hasta ahora: la inauguración hará menos de un mes de la expo de El Paraíso de las Islas, una utopía libertaria en imágenes OP que plantea una red de intersticios de nomadeo, y que recoge el espíritu mismo de La Carbonería tal como la hemos conocido, como un lugar de acogida e intercambio necesario.

La Carbonería lleva en el barrio sevillano de la Judería desde 1975, formando parte de la historia viva de la ciudad. Desde hace unos días se enfrenta a una cédula de notificación de desalojo, una rescisión unilateral del contrato de una zona de este espacio por parte de Hotel Mercaderes SL, sociedad que administra, entre otras propiedades, el Hotel Casas de la Judería, y cuyo propietario es Ignacio Medina, duque de Segorbe.

Hoy le toca a La Carbonería, antes al Bazar Victoria, la Relojería Torner, la Cerería del Salvador o la Casa de las Especias. Son muchos los que cierran a consecuencia de las condiciones en las que se ven obligados a concertar sus contratos de arrendamiento: altas rentas y precariedad temporal. Otros ni siquiera abren por no poder asumir esas condiciones.

Cuando La Carbonería se instala en la calle Levíes ocupando el almacén de carbón que perteneció al conjunto de la Casa Palacio de Samuel Levi, esta parte del barrio de San Bartolomé era una zona degradada y oscura que, especialmente de noche, se solía evitar. La ubicación de esta taberna emblemática en dicha calle ayudó a incorporar esa zona desierta de la ciudad en nuestros paseos. La demanda de desahucio denota una vez más la falta de sensibilidad hacia uno de los lugares más queridos por sus habitantes y visitantes, y tal vez sea el principio de una «londonización» de Sevilla, un fenómeno por el cual los centros urbanos de las ciudades tienden a parecerse cada vez más entre sí. Se trata de acumular un porcentaje cada vez mayor de locales de las mismas marcas y franquicias, cadenas de tiendas, restaurantes y hoteles en detrimento de los comercios locales, lo que comporta la consiguiente pérdida de memoria y esencia de una ciudad, al tiempo que dificulta el contacto entre los visitantes y la cultura del lugar.

Por su arquitectura e historia, La Carbonería es una parte significativa de la cultura sevillana de los últimos cincuenta años. Pero esto no hubiera sido posible sin la labor de quienes durante cuarenta años la han mantenido abierta tal y como la conocemos. Paco Lira la puso en pie con el mismo espíritu con el que creó La Cuadra —situada en Nervión, y expropiada en su día para construir el hotel Los Lebreros—: un local insólito que, en la década de 1960, reunió a pintores, músicos, escritores y teatreros como Salvador Távora; un lugar abierto y cosmopolita que permitió a muchos artistas de aquellos años el contacto con otros artistas y pensadores nacionales e internacionales.

A finales de los sesenta y principios de los setenta, La Cuadra fue uno de los epicentros de la eclosión contracultural en este país: una premovida sevillana anterior a las que luego tendrían lugar en Barcelona y en Madrid en los años 70 y 80, tal vez con mayor relumbrón. La Sevilla contracultural agitó los cimientos de la cultura dominante del tardofranquismo, y en ese movimiento fue fundamental la actitud de casa abierta a todos de La Carbonería, en especial al flamenco: desde Camarón a las grandes familias gitanas de Triana, Utrera, Lebrija, Cádiz y Jerez pasaron por allí, y grupos como Pata Negra se formaron entre sus paredes. En sus mesas se fraguó uno de los programas televisivos que más han dignificado este arte: «Rito y geografía del cante», donde Paco Lira fue clave en el asesoramiento y el contacto entre flamencólogos, artistas y familias gitanas.

«De la Cuadra a la Carbonería» (título de un disco de El Cabrero) se pone en marcha una máquina de vivir, un referente de agitación cultural donde conviven el legado del pasado y el presente. Una de las paradojas de La Carbonería es el cómo apareció en las guías turísticas como uno de los lugares a visitar en Sevilla: lxs profesores de guitarra de Estados Unidos, fascinados con Diego del Castor o con las flamenquerías de Juan El Camas, empezaron a decir a sus alumnxs, cual topos, que para escuchar flamenco fueran a este lugar, donde además, como buena taberna, se podía coincidir con Frank Zappa, Nina Hagen, Quico Rivas, Eduardo Galeano, José Bergamín o Agustín García Calvo; este lugar que había sido almacén de carbón y que Lira transformó en escenario, auditorio, sala de exposiciones, galería y celebración cotidiana.

Sabemos que la taberna fue de siempre la cátedra de la cultura popular, especialmente su ambiente nocturno, propicio a generar un espacio de sociabilidad al margen de los tabúes de la sociedad bienpensante. Pero hay algunos lugares especiales que, gracias al buen hacer y sensibilidad de quienes los habitan y dan vida, manteniendo la condición de taberna plenamente, aglutinan tanta actividad que mueven y conmueven la cultura. Muchxs de nosotrxs hemos vivido y hecho nuestra de muy diversas formas La Carbonería, como espectadores de un tablao flamenco de entrada libre, para participar o escuchar presentaciones de libros y recitales, para disfrutar sus exposiciones o alternar con gente de toda procedencia.

La amenaza sobre La Carbonería y sus gentes vuelve a dejar claro algo que ya sabíamos: la especulación inmobiliaria no respeta nada. Amenazar con su cierre es ir contra la intimidad cultural de la ciudad, contra su misma alma. Y más si quienes quieren atentar contra ella son quienes más le deben a la ciudad y a su gente por haber disfrutado durante más tiempo y con mayor amplitud y profundidad de sus espacios y riquezas; viejas casas y redes nobiliarias insaciables, acostumbradas a la impunidad y a las mamandurrias —que dice una de las suyas— que se resisten a vivir y a dejar vivir.

Hoy, en plena época una vez más transicional, en donde la corrupción política y financiera alcanza a los grupos centripetadores de energía y riqueza más recalcitrantes y feroces, salvar La Carbonería de las garras de esa bestia sin nombre que se traga hasta a las casas nobiliarias más linajudas —¿dónde quedan las viejas grandezas y antigua honorabilidad de la casa de Medina?— se convierte en un episodio más de la lucha por la libertad y la dignidad del común, que legítimamente se encabrona si lo siguen enervando tocándole sus lugares más íntimos y satisfactorios.

Como La Carbonería de la calle Levíes de Sevilla, por ejemplo. 

Al cierre de esta edición, nos enteramos de que, gracias a la solidaridad y la presión popular, la Consejería de Cultura atiende por fin, con diez años de retraso, una resolución para declarar La Carbonería «bien de interés cultural en la categoría de lugar de interés etnológico», salvaguardando «el lugar y la actividad», lo cual no detiene el desahucio por sí solo ni garantiza que quienes tantos años la han mantenido en pie y han hecho de ella lo que es, puedan seguir al frente con el mismo espíritu. Para tantos de nosotrxs, la lucha sigue, pues, abierta. Seguiremos defendiendo esa razón, que es razón común: la casa para quien la habita.

Las carboneras y su Aristófanes

Federación Penibética de la Polonia de Abajo
 

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