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La Bienal de Flamenco, marca España

 

Orígenes

Para conocer la raíz de la Bienal de Flamenco hay que remontarse a 1979. Ese año se celebra un congreso internacional de flamenco en el que se propuso crear en la capital andaluza un evento que aventajara al famoso y relevante Concurso Nacional de Córdoba. La iniciativa partió de un grupo de aficionados liderado por Paco Cabrera —presidente de la Peña El Pozo de las Penas—, Manuel Herrera —perteneciente a la misma entidad— y Francisco Centeno —de la Peña Torres Macarena—, entre otros.

La idea fue presentada a Jose Luis Ortiz Nuevo, otro aficionado que ya había mostrado inquietud por la necesidad que tenía Sevilla de fundar un festival de envergadura, y que por aquel entonces había sido nombrado recientemente delegado de cultura del Ayuntamiento de Sevilla por la primera corporación denominada democrática. Hubo acuerdo en la fórmula del certamen y en la forma de sufragarlo. Por un lado, el certamen consistiría en diversos espectáculos y un concurso de máximo nivel, el Giraldillo. Entre los diferentes festivales se establecería un período de dos años, en el que se observaría y mediría el pulso del panorama flamenco. Por otro, teniendo el respaldo de Ortiz Nuevo, pero debido a las esqueléticas arcas municipales, al grupo de aficionados se les ocurrió firmar letras de cambio entre ellos para poder pagar el proyecto. Así se hizo. La Bienal de Flamenco es hoy el festival más importante del mundo en su género. Y no la creó el Ayuntamiento de Sevilla. Fueron los aficionados con su propio dinero.

El evento

De ahí surge el proyecto, en 1980, de la misma comisión que un año antes había organizado en la capital hispalense el Congreso de Actividades Flamencas; que si bien había nacido de la Federación Provincial de Sevilla de Entidades Flamencas, se abrió a la participación de otras personalidades del mundo de la cultura, de la política y de la afición.

Para la puesta en marcha del proyecto se creó un patronato con igualdad de miembros del ayuntamiento sevillano y de la federación mencionada. El primer acto público tuvo lugar el 27 de marzo de ese mismo año con el «Manifiesto de la Bienal» pronunciado por su director, José Luis Ortiz Nuevo.

Desarrollo

A partir de ese momento, el certamen empezó a tomar cuerpo y a consolidarse. Y a interesar a la Administración. De tal forma que los diferentes directores han sido elegidos según el cuño de la formación política que integrara el Área de Cultura del Ayuntamiento hispalense en ese momento. O sea, PA, PSOE o PP. Esto podría traer consigo falta de consistencia en la idiosincrasia del festival, al menos, a priori. De hecho, el margen de maniobrabilidad de anteriores directores se ha mermado con el paso del tiempo. Fueron y han sido nombrados como cargos políticos, como personas de confianza del alcalde de turno, y desde que el flamenco es una marca España, y, por tanto, la Bienal, han obrado como meros gestores cuya función primordial es que cuadren los números. Al mismo tiempo, asesorados por una comisión, que a su vez depende de los auténticos responsables de la programación, que suelen ser en mayor o en menor medida poderes fácticos a nivel cultural, político y/o mediático, y que, a su vez, dependen de sus respectivas formaciones políticas.

Actualidad

En este aspecto, en la pasada edición de la Bienal ha sido de dominio más o menos público que a la sombra del director del PP estaban dos conocidos y relevantes periodistas, vinculados respectivamente al PSOE y a la otra formación antes referida. El flamenco, como arte que nace del pueblo (sin ser popular, con un marcado carácter individualista), y en cierta medida reivindicativo (aunque tiene más de lamento y queja fatalista), ha sido fagocitado por los usos del poder político. La Bienal es un ejemplo de ello. Nació de un grupo de aficionados y actualmente es marca España. Las instituciones han descubierto que en vez de hacer política, la forma más eficiente de conseguir popularidad y votos es a través del manejo de la cultura popular. Con el flamenco pasa lo mismo. La política está en el mercado y lo que interesa es manejar la cultura popular.

Ya a comienzos del siglo XX el flamenco empieza a ser utilizado por el poder, a través de la oligarquía sevillana: los señoritos de dinero que lo utilizaban para darse autobombo. Ahora ocurre algo similar, desde dentro de las administraciones públicas. Incluso ya en 1925 se usó como reclamo turístico a través de un discurso de Alfonso XIII, que no dista mucho del que actualmente tiene y utiliza la Junta de Andalucía. Así, a través del Estatuto de Autonomía de Andalucía, la Junta ha intentado gestionar en exclusiva el flamenco. O sea, monopolizar. Posiblemente podemos estar asistiendo a la decadencia del flamenco como campo artístico; de la libertad y cierta autonomía que gozó el flamenco entre los años sesenta y finales de los ochenta se ha pasado a una casi total dependencia de los recursos públicos y una servidumbre política tales que hacen recordar la época del flamenco franquista. Un régimen político se construye sobre el control de la cultura y las figuras de primera fila son las más golosas a la hora de controlarlo. Eso ocurrió con Caracol, Mairena o Valderrama. En la actualidad, basta un repaso por las programaciones de los diferentes certámenes flamencos: las principales figuras se repiten. Esta instrumentalización es hoy más patente. Sí ha generado más proyección internacional, pero no ha habido cambios sustanciales en las políticas relativas al flamenco. En este sentido, la declaración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad no ha servido para nada. En otro, sí, para lo que persigue la administración: en la Bienal 2016 la gran repercusión mediática, a nivel nacional e internacional, ha supuesto un impacto económico global con una estimación que ronda los 18 000 000 €. La procedencia de turistas desde España ha sido del 34 %, seguido por Francia con un 16,7 %, EE. UU. en un 8,4 %, por Japón en un 7,6 % y el resto del mundo en un 33,2 %. O sea, el 66  % ha sido público extranjero. El gasto medio diario por turista ha ascendido a 111,33 euros. La estancia media alcanzó los 8,6 días.

La UNESCO es el mayor touroperador que existe.

 

Juan Antonio Rodríguez Suárez. Asesor y corresponsal en Sevilla de la guía de flamenco FLAMA

 

 

NOTA

Este artículo ha sido elaborado a través de textos recogidos de bibliografía sobre el tema:

El flamenco y el capitalismo.

Flamenco y poder. Curro Aix. Fundación SGAE, 2014.

Flamenco. Pasión, política y cultura popular. William Washabaugh, 2005.

El flamenco como compromiso social y político.

Balance Bienal de Flamenco 2016.

Cultura popular y cultura de masas. A.M. Zubieta. Paidós, 2000.

El recurso de la cultura; usos de la cultura en la era global. G. Yúdice, 2002.

Flamenco y nacionalismo. Aportaciones para una sociología política del flamenco. G. Steingress y E. Baltanás. Fundación Machado, 1998.

¿Se sabe algo? Viaje al conocimiento del arte flamenco en la prensa sevillana del s. XIX. Jose Luis Ortiz Nuevo. El Carro de la Nieve, 1990.

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1 comment for “La Bienal de Flamenco, marca España

  1. Manuel
    12 septiembre, 2018 at 7:48 pm

    Me ha gustado el texto excepto el tono lastimero. El primer festival de cante jondo lo organizaron en 1922, un grupo de intelectuales y políticos. Qué impiden que los artista organicen su propio festival? Porqué no lo hacen? Porqué las peñas flamencas no organizan algo como la bienal y así tenemos una bienal cada año?? Porqué no existe una taberna tan grande como la plaza de toros donde los señoritos organicen su juerga flamenca y de paso que nos conviden a nosotros?. Salud!!

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