14 y 15 construyendo posibles - Belen Moreno WEB

HISTORIA DE DOS CIUDADES

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. (Charles Dickens)

Dickens, en su libro Historia de dos ciudades, publicado en la segunda mitad del siglo XIX, hablaba de la época de la sabiduría y también de la locura, de la era de la luz y las tinieblas, de las creencias y la incredulidad. Planteaba que todo lo poseíamos, pero no teníamos nada…

Aunque no lo sabemos a ciencia cierta, parece una impecable manera de describir aquel momento; de lo que no tenemos duda, es de lo bien que describe los tiempos actuales. Y más en las ciudades, contextos locos e imposibles en los que hoy por hoy se «organiza» o «desorganiza» más del cincuenta por ciento de la población mundial.

Las ciudades constituyen continentes de posibilidad por la mezcla y la diversidad de grupos sociales, pero también están directamente implicadas en la crisis socioecológica y civilizatoria en la que estamos inmersas. De ahí que sus maneras de planificación y gestión constituyan hoy un tema imprescindible para infinidad de actores. Ahora bien, ¿quiénes deben pensar y diseñar las ciudades?, ¿quiénes deben nutrirlas? ¿Tecnocracia o democracia directa?

A continuación se esbozan dos ejemplos de estrategias —ciudades en transición y smart cities— que se comienzan a plantear con el objetivo de resensatizar los contextos urbanos. ¿Estamos aún a tiempo de revertir la catástrofe? ¿Las estrategias propuestas dan respuesta a las necesidades reales de los grupos sociales? ¿Atienden a la diversidad o concentran el poder? Infinidad de preguntas a las que deberíamos dar respuesta de manera colectiva, y que podrían separarnos de la senda que nos lleva en ocasiones a plantear la dicotomía «urbicidio o barbarie».

Ciudades en transición

Numerosas «ciudades, pueblos o barrios en transición» han florecido a raíz del surgimiento del Movimiento de Transición1, nacido en el Reino Unido a mitad de la década pasada. En la actualidad, este movimiento está presente en cerca de 50 países y existen más de 1700 iniciativas en todo el mundo conectadas a través de la Transition Network2. Más de 40 están en España3.

Las iniciativas de transición han ido emergiendo y evolucionando a partir del trabajo desarrollado por las comunidades que han asumido las siguientes premisas:

  • Que el descenso energético y el cambio climático son inevitables y que, por tanto, es mejor prepararse a ser cogidos por sorpresa.

  • Que las poblaciones y los territorios locales no están preparados para sobreponerse a los impactos de estas crisis.

  • Que debemos actuar colectivamente y tenemos que hacerlo ahora.

  • Que dando rienda suelta a la creatividad de la comunidad podemos proactivamente diseñar nuestro descenso energético y construir otros modos de vida más conectados y ricos que reconozcan los límites de nuestro planeta.

El movimiento de transición se puede entender como un gran experimento social que busca reconstruir la resiliencia comunitaria y relocalizar las economías con el objetivo de adaptarse a la pérdida de complejidad social que se producirá a lo largo de las próximas décadas.

El concepto de resiliencia se refiere aquí a la habilidad de una comunidad de no colapsar frente a la falta de energía o alimentos y a su capacidad de responder y adaptarse ante los choques de origen externo como el cambio climático o la crisis económica.

Hace tan solo unas pocas generaciones, las comunidades eran capaces de superar la mayoría de los problemas por sí mismas. La gente era más habilidosa, práctica y diversa. Las redes de apoyo mutuo y solidaridad funcionaban ante las dificultades. La producción y el consumo estaban más arraigados al territorio. Pero ahora nos preguntamos: ¿cómo nos alimentaremos cuando dejemos de importar los alimentos que se producen a miles de kilómetros? ¿Cómo será nuestra economía local si las grandes empresas multinacionales comienzan a quebrar? ¿Cómo será nuestro comportamiento ante un contexto de escasez creciente?

Parece evidente que necesitamos reconstruir la resiliencia local con urgencia. Para ello, este movimiento nos invita a diseñar colectivamente un futuro deseable y nos anima a dejar de lado nuestras diferencias para pasar conjuntamente de la idea a la acción, de manera que seamos las propias comunidades quienes nos autoorganicemos para realizar una transición hacia un futuro más local y autosuficiente, poniendo en marcha nuestras propias estrategias e iniciativas para cubrir las necesidades de alimentación, movilidad, educación, economía local, energía, agua, etc.

No obstante, aunque la comunidad local es el agente principal de este movimiento, el papel de las instituciones locales no se minusvalora y, una vez que la comunidad se ha autoorganizado y puesto en marcha, las iniciativas de transición suelen buscar el apoyo de éstas para que les faciliten el proceso.

Por otra parte, las iniciativas de transición, lejos del optimismo tecnológico, suponen una apuesta decidida por la innovación social y cultural a la hora de buscar soluciones a los desafíos de nuestro tiempo. Lo que no quiere decir que rechacen la tecnología, sino que buscan encontrar una tecnología apropiada, combinando las nuevas tecnologías con los conocimientos tradicionales y el uso sostenible de los recursos locales.

Para reconstruir la resiliencia local, estas iniciativas se caracterizan, en su mayoría, por impulsar proyectos como mercados de producción local y ecológica, huertos comunitarios, monedas complementarias, cooperativas de energía renovable o empresas de economía social y solidaria.

No se busca replicar un mismo modelo para todas las comunidades locales, ya que a pesar de que muchos de los problemas globales son compartidos, las características de los territorios y las comunidades hacen que sus problemáticas y soluciones sean diferentes, de manera que cada iniciativa deberá encontrar su propio camino adaptado a su contexto.

Finalmente, conviene señalar que aunque este movimiento carece de un posicionamiento político claro de oposición al capitalismo, también es cierto que supone una de sus fortalezas estratégicas a la hora de atraer a poblaciones poco politizadas e incorporar más diversidad de agentes hacia la reconstrucción de la resiliencia local.

En relación con nuestra ciudad de Sevilla, podemos afirmar que este movimiento está siendo una fuente más de inspiración para una emergente red de personas, organizaciones y comunidades que, desde hace algunos años, combinamos diferentes relatos, propuestas y prácticas inspiradas también por otras corrientes y movimientos sociales como el decrecimiento, el municipalismo libertario, la ecología política, la permacultura, la soberanía alimentaria, el ecofeminismo, la teoría queer, la no violencia o el buen vivir. Una red diversa que conecta a un amplio abanico de iniciativas sociales en clave de relocalización, decrecimiento material y energético, cuidado de la vida (humana y no humana), despatriarcalización, descolonización del imaginario moderno, simplicidad voluntaria, economía social y solidaria o autogestión comunitaria. Una red en transición hacia otros modos de vida y de habitar el territorio que busca tejer relaciones más igualitarias, cooperativas, solidarias, diversas, alegres y sustentables.

por Marcos Rivero Cuadrado

Marcos es coordinador del curso «Estrategias para la Resiliencia Local: Transiciones hacia el Decrecimiento y el Buen Vivir» organizado por Solidaridad Internacional Andalucía.

1 www.reddetransicion.org

2 www.transitionnetwork.org

3 www.reddetransicion.org/donde/

 

Smart cities

El término smart cities aparece en nuestras pantallas y periódicos explicado como el desarrollo urbano basado en la sostenibilidad que debería ser capaz de responder adecuadamente a las necesidades básicas de la sociedad en sus aspectos operativos, sociales y ambientales.

Esta definición de la ciudad tiene su origen en una suerte de concurso global liderado desde hace más de una década por IBM, que lo llega incluso a categorizar de «iniciativa ciudadana», en el cual las ciudades del planeta compiten en términos de eficiencia de gestión de recursos, infraestructuras y servicios sociales gracias a las actuales tecnologías de la información, que podrían incluir desde nuestros dispositivos móviles a los sistemas de control de datos de los que participamos diariamente.

En su discurso inicial, todos estos análisis comienzan con las dramáticas estimaciones de superpoblación inminente y sus migraciones hacia las ciudades, obviando una reflexión sobre las razones de estos movimientos, las crisis regionales generadas de las etapas especulativas sobre el suelo o las estadísticas de clase relativas a las viviendas vacías.

En este sentido, la smart city se define por sus políticas desarrollistas hacia la gestión del territorio, nuevo o consolidado. Desde una visión de las ciudades como jugadoras en competencia las unas con las otras —y todas estas en un entorno global— sus narraciones maduran irremediablemente hacia conclusiones/decisiones ya pactadas de antemano por los socios fundadores: las ciudades deben seguir creciendo, es el inicio de su mejora y, en su analogía de nodos productivos, serán más atractivas a priori, imitando el comportamiento de las ondas gravitacionales, cuanto mayor sea su masa.

En la actualidad disponemos incluso de textos recopilados en castellano por los grandes lobbies tecnológicos y constructoras donde se intenta explicar la magnitud de estas lógicas. Algunos como el Libro blanco de las smart cities (2012) —auspiciado, entre otros, por Ferrovial o Ernst&Young— hacen errónea referencia al economista Edward Glaesser (El triunfo de las ciudades, 2011) y transforman «las tres virtudes que presentan las ciudades pre y postindustriales: la competencia, la comunicación y el capital humano», en axiomas que pasan por encima de la complejidad urbana, desde la organización mancomunal, optimizándola hacia la simplificación de sus identidades, a todo sistema económico incontable por la estadística del capital que nos invade.

Desde una lógica pseudocomputacional, y a través de procesos no muy rigurosos, surgen otros términos derivados más específicos —smart enviroment, smart economy, smart mobility o incluso smart people— que derivan hacia el crecimiento, especialidad, competitividad y una oportuna intromisión de la empresa privada en la gestión de lo común, en búsqueda de potenciar futuras inversiones.

Para los precursores de estos escritos, existe un elemento excluyente hacia la propia condición de ciudadanía pues «una smart city será tan eficiente como amplio sea el espectro de población capaz de interpretar y utilizar sus instrumentos tecnológicos. En palabras textuales, los habitantes de más edad, los colectivos más desfavorecidos o aquellos grupos de población que no tienen acceso a la tecnología» se apartan a un segundo plano en esta su quimera de open government —filosofía de movimiento libertario sobre los datos democráticos—, huyendo además de los debates sobre las capacidades de autoorganización, transparencia o rendición de cuentas.

El objeto virtual como concepto propio de la cibernética ha sido caso de estudio por los pensadores de las ciudades vivas (Jacobs J., 1961; Alexander C., 1977) desde el inicio de la revolución del código informático. Lefebvre (1972) nos decía a este respecto que «junto a las operaciones clásicas de deducción e inducción, existe la transducción, o reflexión sobre el objeto posible», pero nos prevenía de aquello que tiende a aparecer implícito en las acciones sobre lo smart: «la fase crítica de estos procesos se comporta como una «caja negra»: se sabe lo que entra, se vislumbra, a veces, lo que sale, pero no se sabe claramente lo que ocurre en el interior».

Y es que esta es la clave de los lenguajes tecnológicos aplicados sobre la ciudad: las capacidades de los agentes operativos y la visualización de estos cálculos internos.

Mucho más allá de la competitividad, los datos complejos sobre la ciudad deben partir desde el fondo de la sociedad misma, utilizando las capacidades de la programación compleja, tales como los sistemas multiagente o generativos, para que puedan estar abiertos en el tiempo a su juicio deliberado y la comprensión de todas.

Debemos entender por tanto el lenguaje cibernético como algo más que una simple traslación de la lógica del mundo real: es un auténtico creador de mapas mentales que nos mantiene además en especial alerta hacia el cuidado del uso fetichista o especulativo de sus herramientas.

La introducción de todas estas nuevas características permite «entender a las ciudades y los pueblos como amalgamas de procesos, como espacios de flujos vectoriales que se ajustan o difieren a sus valores de entrada e impulsos, en sistemas auto-regulado» (De Landa M., 1997; Johnson S., 2001). Un cultivo de control y conocimiento desde abajo. Las ciudades son sobre todo decisiones alrededor de una mesa, quizás con una computadora en un rincón; son negociación, apoderamiento vecinal y, por supuesto, decrecimiento.

Alberto de Austria Millán

Alberto es integrante de cerojugadores y de Tramallol

 

Compartir y Disfrutar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


2 × = diez