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¡Ayyy, la sostenibilidad!

El lamento habitual de los que estamos entre los que nos creemos la idea profunda que impregna todo aquello relacionado con la sostenibilidad, con respecto a los debates candentes que podemos seguir a diario en estos tiempos de crisis, es siempre el mismo: «con esto de la crisis económica, todo lo relacionado con el medio ambiente ha sido expulsado de la actualidad y de las preocupaciones del común de los españoles».
Aunque comparto el espíritu de tal queja, deseo confesar en estas breves palabras que no estoy de acuerdo con la afirmación en sí, entre otras cosas, porque cuando uno está convencido de la sostenibilidad[1] y de lo que esta plantea (desde el punto de vista de lo que Naredo considera «sostenibilidad fuerte») se sabe que la sostenibilidad plantea otra economía y otra sociedad como base para el cambio político que resulte en un comportamiento más razonable con respecto al uso de los recursos naturales de los que todo lo físico se nutre. Y nada más candente y más oportuno que plantear a la propia sostenibilidad como paradigma que conduzca a la generación de otro modelo productivo y de desarrollo.
Evidentemente, esto de la sostenibilidad tiene varias patas (no me atrevo a cuantificarlas porque siempre hay alguien que rebusca y encuentra alguna más), pero su objetivo primordial es que los sistemas humanos sean viables desde el punto de vista de la ecología, así como el objetivo fundamental de cualquier organismo es poder permanecer vivo para, solo después, buscar y conseguir otras metas que hagan más satisfactoria su vida.
Desde luego, la relación entre lo ecológico y lo socioeconómico no es unívoca, porque ambas dinámicas se realimentan entre sí, pero una cosa debe quedar clara, el gran perjudicado de no ser sostenible será todo lo relacionado con lo socioeconómico y no el planeta, como muchos plantean mediática y paternalistamente. Es decir, las sociedades humanas, si no son sostenibles, no serán, así de claro y de contundente.
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Pero: ¿qué plantea la sostenibilidad? No creo que peque de exagerado si afirmo que se han escrito no ya ríos sino tsunamis de tinta sobre este particular. El término, no solo de sostenibilidad, sino también su variante cultural, el desarrollo sostenible, son lo suficientemente ambiguos como para tener mucho éxito y a la vez ser lo suficientemente elásticos como para contentar a todo el mundo. Son, en definitiva, conceptos modulables a las intenciones, expectativas e intereses de cada uno.
Los que nos dedicamos a esto, sin embargo, cada vez tenemos las cosas más claras: la sostenibilidad es un término esencialmente político que, para hacerse realidad, necesita de enfoques técnicos novedosos en todos los estratos de la vida de la gente, desde lo más macro, macro, macro a lo más micro, micro, micro.
El consumo de recursos naturales por parte de las sociedades humanas, globalmente consideradas, supera en mucho lo que los sistemas naturales son capaces de producir (esto está cuantificado gracias a indicadores tales como la huella ecológica), por lo que estas sociedades encuentran sustento solo si incurren en una deuda de carácter físico con respecto a los sistemas naturales y las generaciones futuras.
Para que las sociedades y las economías sean más sostenibles primero ha de quedar claro qué es lo esencial, qué es lo importante (pero no esencial) y qué es lo accesorio. Mi humilde punto de vista al respecto es el siguiente:
– En los temas de la ecología, lo esencial es dotar a los sistemas socioeconómicos de viabilidad física en el tiempo que les permitan perdurar y para esto ha de considerarse la existencia de límites en el consumo y en la capacidad de absorber recursos. Como conclusión, para ser sostenibles ecológicamente es imposible crecer de manera indefinida. Conceptos importantes, pero no esenciales, son la biodiversidad, el medio ambiente, todo lo relacionado con las diferentes contaminaciones, etc.
– En los temas sociales, lo esencial es atender al deseo de felicidad de la gente. Esto parece una tontería, pero muchos estudios revelan que lo que de verdad quiere la gente es ser feliz, y que el consumo exacerbado no es precisamente un factor definitivo de felicidad, sino que hay cosas que hacen a la gente realmente feliz (buena salud, buenas relaciones familiares y con amigos, trabajos interesantes, etc.). Tenemos la suerte de que muchas de ellas no consumen necesaria e intensivamente recursos naturales. Conceptos importantes son los derechos humanos, la educación, la sanidad, el tiempo, el bienestar, la calidad de vida, etc.
– En los temas económicos, lo esencial es la recuperación del poder de la producción mediante formas de economía cooperativa (en todos sus diferentes términos). Cuestiones importantes al respecto son la producción, las finanzas, el empleo y todas las restantes variables económicas.
Y, para finalizar, una herramienta: democracia. Pero democracia no solo para ir a votar cada cuatro años, sino democracia real, democracia en la política, en lo personal, en lo biológico, en lo económico (porque no hay mayor dictadura que la que sucede dentro de una empresa) y en lo cultural. Democracia entendida como proceso político en el que la decisión estratégica recae en un grupo social lo más amplio posible y que se ejerce con responsabilidad y conocimiento.
Ya veis, para conseguir la sostenibilidad es condición sine qua non incrementar los niveles de democracia. Bajo mi punto de vista, no hay nada más urgente que incrementar los niveles de democracia en las relaciones económicas y de producción.
¡Para que luego digan que la sostenibilidad está fuera del debate!

Manu Calvo

[1] La sostenibilidad puede definirse como el anhelo por conseguir sociedades ecológicamente viables, a partir de lo cual, estas deben también ser socialmente justas y económicamente funcionales.

 

 

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