ACALLAR

«Miradas silenciadas. Roces ajenos al tacto. Voces que no llegamos a conocer». Las calles se han plagado de vacíos, Beatriz Viol

Cuando se acerca la fecha, me salta una alarma en el móvil. Es temprano. «Escribe, vas tarde. Escucha, vas tarde». Desayuno pensando quién será esta vez quien me regale seis o siete palabras. La frase puede sonar en cualquier momento. Camino hacia el metro sin cruzarme con casi nadie. El vecino en pijama, con abrigo, pasea al perro. No le habla. Ni siquiera al levantar la tapa del contenedor se le escapa un guiño, un «Tobi, ¿te has dado cuenta de que hoy…?». Paso la tarjeta corriendo porque en el panel dice que el tren «entra». Salto al vagón con el último bip.

Abro bien los ojos. Busco señoras con conversación animada. Busco niñas camino del cole que anticipen lo primero que les dirá hoy la maestra. Busco joven hablando solo, al pinganillo, que deje caer un secreto sacado de contexto. Lo que veo son caras de nada, o de sueño, dedos que deslizan izquierda, derecha, derecha, derecha, arriba, abajo, arriba, arriba, arriba, expurgando, desde antes de que termine de amanecer, las vidas de los otros. Me aburro. Desisto. Me olvido.

Por la tarde recorro emocionada la avenida. Esta es la mía: gente por todas partes. Para ver las luces, para comprar, para aprovechar el sol de diciembre. Camino despacio, orejas abiertas, oídos disponibles. Todo el mundo pasa deprisa. Cazo sonidos al vuelo. «Mamá, ¿sabes lo que nos dijo…? Como te lo cuento, Lola, no te puedes imaginar…»
Sin darme cuenta he llegado a la plaza. No tengo ni una sola frase completa. Me siento en uno de los escalones. Me rindo. No hay nada. Me fijo en unos zapatos marrones. Los veo pasar hasta tres veces. Izquierda. Derecha. Izquierda. Hasta donde se acaba el sol. Luego vuelve a girar. Observo la figura completa y me encuentro con un señor de unos setenta años. Con boina de lana, pantalones abrigados, chaqueta de pana. Camina. Se para. Observa. La gente que le pasa alrededor parece que llega tarde a alguna parte. Corren. Respiran como si estuvieran a punto de desmayarse. El hombre se para. Observa. Silencio. Me hipnotiza durante más de media hora. Silencio. Me doy cuenta de que no ha mirado la hora, de que no ha sacado un teléfono. Que solo camina hasta la sombra. Se para. Vuelve. Mira. No habla. Silencio.

Por

Marta Solanas

Equipo de El T opo

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